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SEMINCO avanza con cuatro proyectos de investigación

SEMINCO avanza con cuatro
proyectos de investigación

Durante la primera semana del mes octubre y casi en simultáneo, se llevaron a cabo el Encuentro Regional de Semilleros RedCOLSI, Nodo Norte de Santander y la VII Semana Internacional de Ciencia, Tecnología e Innovación.

Estos espacios estaban previstos para ser el punto de encuentro en donde, docentes, estudiantes e invitados especiales pudieran socializar los proyectos de investigación que adelantan desde sus áreas del saber.

Para el primero de ellos, fueron un total de cinco proyectos presentados por los estudiantes del Semillero de Investigación en Comunicación (SEMINCO) tres de ellos, investigaciones en curso y los dos restantes, propuestas de investigación.

Cuatro de estos proyectos avanzaron a la fase nacional de RedCOLSI según los resultados publicados el día domingo 25 de octubre de 2020. Los estudiantes que tendrán la tarea de representar el semillero son:Dayana Bernal Mejía, Angie Juliana Numa, Ronaldo Medina, María Traslaviña, Daniela Ferández, Andreina Vargas, María Fernanda Rincón, Daniela Alejandra Castro, Fabiana Camila González y Nasly Shirley Gamboa.

Margarita Peñaloza Durán y Erika Bayona Castilla, docentes del programa de Comunicación Social cumplieron el rol de jurado evaluador.

Semana de la Ciencias y la Tecnología

En el caso de la VII Semana Internacional de Ciencia, Tecnología e Innovación el semillero participó en 3 proyectos de investigación.

La decana de la facultad de Educación, Artes y Humanidades UFPS Erika Maldonado Estévez y la egresada Ashlye Madeleine Lozano Domínguez también representaron al programa académico en este evento, ellas presentaron los resultados de su investigación: Percepción del Clima Organizacional del Centro de Comunicaciones de la Diócesis de Cúcuta (CCDC): Un Análisis Desde la Aplicación del Imcoc.

De la misma manera, el docente del programa Félix Joaquín Lozano Cárdenas estuvo presente con dos ponencias; los profesores José Sepúlveda y Betty Julieth Villabona también mostraron bajo la modalidad de poster investigaciones en los que están adscritos.

Avenida Gran Colombia No. 12E-96 Barrio Colsag, San José de Cúcuta – Colombia, edicio SG, primer piso.

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Lanzamiento Apira web

Plataforma Apira: una experiencia innovadora

El programa de Comunicación Social realiza su octava versión de Apira, evento que expone los mejores productos creados por los estudiantes durante el semestre. En esta oportunidad, debido a la emergencia sanitaria “Covid-19” que atraviesa el país, el evento se llevará a cabo en un entorno totalmente digital.

Así nació la Plataforma Apira, una página web que recopilará toda la información institucional de la carrera y el trabajo de aula realizado por los estudiantes en el transcurso de su formación. Este nuevo entorno digital permitirá a la comunidad educativa y a personas externas conocer los avances, proyectos y eventos que realiza el Programa en su compromiso con la Alta Calidad.

Los creadores de este entorno digital son Ronaldo Medina, Dayana Bernal, Juliana Numa y Maria Mónica Traslaviña, estudiantes de séptimo semestre, guiados por la docente Margarita Durán, quienes durante cuatro meses se dedicaron al trabajo investigativo, de sistematización, de maquetación y de diseño para que la página web fuera un espacio agradable, moderno y atractivo que despertara el interés de sus visitantes a estar actualizados con el contenido y, a su vez, cumplir las expectativas trazadas desde inicio del semestre.

El estreno es hoy 01 de julio de 2020 a las 10:20 de la mañana, por medio de la plataforma digital Stream Yard.

Dayana Bernal

Editora.

Juliana Numa

Editora.

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Conversemos

Quienes se encuentran en este punto de nuestra página web, identificaron que el programa de Comunicación Social le apostó a su propio espacio en la red, aquí se albergan los trabajos de aula semestre a semestre, el desarrollo en el área de la investigación, el cuerpo docente que acompaña el ejercicio académico del programa, y un espacio para nuestros egresados junto a sus experiencias.

Es gratificante descubrir cuánto trabajo se ha adelantado por parte de nuestros estudiantes. Su creatividad en las áreas de diseño y digital, la composición en la fotografía, los audiovisuales, el análisis en redacción y géneros, el trabajo de campo con las comunidades vulnerables en las electivas, en fin, un constante compromiso por crear y vivir la comunicación.

Este primer “Conversemos” es una reflexión acerca del maravilloso mundo de la comunicación en el contexto local, nacional y mundial, incluso, las plataformas con las que hoy podemos conversar, son los canales que tejen una sociedad compleja y diversa.

Apira en su versión web, será la memoria del programa, en ella quedarán alojados los trabajos, iniciativas, reflexiones que dejen visualizar el ejercicio académico, social e investigativo del programa. Nuestro compromiso es continuar alimentando este espacio, para que seamos fieles testigos del dinamismo natural y propio de esta maravillosa profesión del Comunicador Social.

Bienvenidos…

Margarita P. Durán

Editora en jefe de Apira.

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El hijo de… mi abuelo

El hijo de... mi abuelo

Por Mayrela García Guerra

“Por eso, empecé a promover la unión entre las víctimas que conocía, para luchar contra ese cáncer violento que acaba a las mujeres. Si nos unimos, los 'hijos de puto' van a ser menos”.

“¡Hijo de puta!’’, pensé. Pero… ¿qué culpa tenía mi abuela de que mi papá le pegara a mi madre?, después de todo, ella solo fue una mujer que como pudo sacó adelante a sus 11 hijos, mientras era maltratada por su esposo.

Yo era una pequeña de 9 años cuando tuve que presenciar, parada junto a la puerta de una fría habitación, la discusión entre mi padre y mi madre. La cama estaba en la mitad del cuarto, con una sábana blanca y una cobija morada destendida en la mitad. Recuerdo que tirarse sobre esa cama era sentir el calor de haber nacido en una familia unida; sin embargo, en ese momento, esa misma cama era un infierno ardiendo.

Los gritos resonaban en cada rincón de la casa, pero sobre todo en mi cabeza que no podía soportar tanta falta de amor. La cama era fuerte, de madera pulida en un su color natural, era elegante y firme, pero ese día sonó tanto, como si no pudiera resistir el cuerpo de mi madrecita al caer contra el colchón. Mi padre la arrojó con la fuerza que uno solo utilizaría en caso de querer matar a alguien. Y yo grité con la voz de alguien que clama piedad, con la fragilidad de una niña que no quiere que maten a su mamá.

Para ese entonces no tenía mucha idea de groserías, toda mi vida había transcurrido en ese pequeño pueblo de Venezuela, muy cerca de la frontera con Colombia, un lugar de clima templado, calles amplias y abundancia, al que se conoce como Rubio.

Allí había aprendido todo lo que sabía, sin embargo, las malas palabras no entraban en eso. A los 9 años uno no cree que va a tener que utilizarlas, uno no siente ese odio por el mundo. Al menos así me pasaba a mí. Pero desde el día que escuché los sollozos de mi madre al sentir la mano dura de mi progenitor, sentí una necesidad por decir mil veces lo peor que mi mente pudiera pensar.

Repetí una y otra vez ‘’hijo de puta’’, en silencio, en susurros, pero nunca tan duro como para que alguien me escuchara. Tenía miedo, pero no el suficiente para reprimir mi mente. Me costó muchos años reflexionar sobre los fundamentos de lo que decía, y solo me basaba en lo que veía en mi casa, que desde los nueve años dejó de ser un hogar.

Al cumplir los 15 años empecé a investigar el tema, sentía el deber de proponer una solución para la mujer que me había dado a luz. En su piel trigueña se observaba el paso de los años, y de los daños. Sus ojos ya estaban teñidos de un morado oscuro, consecuencia del llanto y el insomnio. Su cuerpo estaba agotado, era chiquita y gordita, como un ser humano abrazable. Yo, aunque estaba cansada, aún así me sentía fuerte; era una joven alta, de cabello largo y rizado, piernas grandes y bastante musculatura. Me sentía físicamente capaz de defenderla, pero emocionalmente incapaz de ganar la pelea. Por eso logré convencerla de denunciar al hombre que un día fue su amor y hoy solo su agresor, de denunciar a quien yo todavía sigo llamando papá.

Acudimos a la Fiscalía, mi mamá entró y yo me quedé sentada sobre las sillas frías de metal que había en la sala de espera, todo mi cuerpo temblaba, las manos me sudaban y mis ojos estaban alerta, atentos, porque nadie que nos conociera podía saber que estábamos ahí.

Después de 30 largos minutos salió mi madre, me dijo que nos fuéramos con un tono decidido. Sin embargo, en su rostro se podía notar la impotencia pues la ayuda no había sido mucha. La solución que habían ofrecido era una orden de alejamiento para mi papá, pero le repitieron una y otra vez que esto podía ser extremo, que se replanteara si de verdad era necesario.

Los “consejos” de las autoridades terminaron por asustar más a mi mamá, quien se convenció que, de volver a la casa, correríamos peligro. Caminamos hasta llegar a la parada de las busetas que nos llevaría de regreso, por más que intentaba no podía dejar de llorar, mis lágrimas caían y no me importaba que la gente me mirara como si nunca hubieran presenciado la tristeza en el rostro de alguien que acababa de perder las esperanzas. De momento sentí rabia con mi mamá, no entendía qué sucedía. Yo ya no quería confiar en ella, ya no podía comprenderla, pero sólo quedaba tomar aire y seguir. Para ese entonces no estaba consciente de la poca atención que en ocasiones reciben las mujeres que denuncian violencia intrafamiliar. No tenía en cuenta que nuestro caso no era el único, y que había cosas aún más cínicas.

El ser mujer era determinante en el miedo de mi madre. Venezuela se mantiene entre los 15 países con más feminicidios en el mundo, según la ONU. Hasta mayo del 2020, se habían registrado más de 48 feminicidios en el territorio venezolano. Pero nosotras vimos en Colombia una opción, que nunca se concretó.

No sé si para bien o para mal, pero en este país las cifras tampoco son alentadoras. Para el 2015, según el Instituto de Medicina y Ciencias Forenses, se registraron 26.985 casos de violencia intrafamiliar, y en la actualidad la situación no es tan prometedora, pues en el primer trimestre de lo que va de 2020 se registraron más de 15 mil casos.

Con el paso de los años el rencor fue disminuyendo, acepté que había cosas que no podía controlar, seguimos viviendo en ese hogar venezolano, a veces siendo una familia y otras veces solo fingiendo. Como por arte de magia, como obra divina, como el milagro de mi vida y el de mi madre, el maltrato empezó a disminuir. Tuve la suerte de ser la excepción a la regla, y ver un cambio, pues mi padre ya no golpeaba a mi mamá, ya no le gritaba y tiraba la comida cuando esta no sabía bien. Ya en sus ojos azules no había ese odio y sed de acabar con lo que decía amar. Ya sus manos grandes y ásperas no se empuñaban para atemorizarnos. Sus brazos, recubiertos de piel blanca, nos envolvían en apretones suaves, y el cuello de mi madre ya no estaba marcado por los morados que dejaban sus dedos al intentar ahorcarla.

Sin embargo, hubo algo que tardó mucho en cambiar, y fue el rechazo que de forma natural mi ser sentía por él. Porque a pesar de todo, en mi mente seguía resonando una y otra vez: ‘’hijo de puta’’, seguía pensando en la injusticia de sufrir la falta de amor del hombre que me engendró.

Un día, con más conciencia, reflexioné sobre lo que decía; mi historia había tomado un rumbo inesperado y todo era mejor ahora.  Pero, a mi alrededor muchas personas seguían sufriendo, padeciendo el diario vivir y perdiendo la fe en un futuro mejor. Entonces pensé cómo cambiarlo, no pasaron diez minutos antes que me frustrara y empezará llorar, de que apoyara mi cuerpo sobre la cama mirando al techo para preguntarle al cielo ¿por qué?, para reclamarle a Dios sobre el dolor del mundo.

Entonces, escudriñé en el pasado y un poco de luz llegó a mí, al entender que mi papá solo estaba siguiendo el modelo que había visto en su niñez. Que él un día también fue solo un pequeño niño viendo su hogar perecer. Pero ¿cómo es que eso me ayudaría a conseguir una solución?, ¿cómo es que podría ser una heroína solo con saber que mi papá también era maltratado?, era muy obvio, buscar la raíz del problema me permitiría pensar con más claridad cómo erradicarlo.

Para esa época yo ya tenía 18 años, y sentía la fuerza de quien puede cambiar el mundo, así que investigue más a fondo sobre la historia de mi papá. Mi tía, una mujer ya anciana, de unos 75 años, con cabello teñido de negro, delgada como una pluma y de piel arrugada, me contaba que su padre, quien era mi abuelo Luis Ramírez, había sido muy cruel siempre. Y mi abuela, la que llevaba el dolor en su nombre, pues desde que nació cargó con el peso de llamarse Angustias Ramón, como si el destino le anticipara una vida llena de maltrato, nunca pudo hacer nada para denunciarlo porque tenía miedo, miedo como miles de mujeres que sufren maltrato diariamente.

Según la OMS, una de cada tres mujeres padece situaciones de este tipo al menos vez en su vida. En ese grupo estaban mi madre y mi abuela, temerosas de su esposo, de no ser escuchadas, de ser juzgadas.

En ese momento, que tal palabra ofensiva ‘’¡hijos de puta!’’, con la que solía sacar el odio, era una ofensa a las mujeres, pues las estaba insultando como si la culpa no la tuvieran también quienes se aprovecharon y abusaron de ellas. Como si no quedara más acorde decir ¡hijo de puto!, para señalar un comportamiento machista y revolucionar el imaginario social de señalar a las víctimas.

Por eso, empecé a promover la unión entre las víctimas que conocía, para luchar contra ese cáncer violento que acaba a las mujeres. Si nos unimos, los “hijos de puto” van a ser menos.

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El campesino

El campesino: una semilla para la cura

Por Luis Ernesto Chía Estupiñán.

“A mí no me asusta ese virus, me asusta más que mis hijos y mi mujer se acuesten sin comer; eso sí me asusta”.

Gilberto Chía López. Foto por Luis Ernesto Chía Estupiñán.

A eso de las 4:30 a.m. él se levanta, y como por un acto casi que de mandato divino, se hace la cruz. Pasa su mano sobre su arrugado semblante, luego la transporta desde su hombro izquierdo hasta el derecho y termina aquella acción de fe con un suave y sutil beso sobre su mano: ya se siente protegido para emprender sus labores del campo. Gilberto Chía López, hijo del destruido Gramalote y hombre de carácter fuerte, con sabiduría plasmada en cada una de sus salientes arrugas que contienen entrañables historias de sus 63 años de vida; se alista con sus herramientas y elementos para ir a trabajar: una figura de la virgen del Carmen sin cabeza que tiene desde el día en que casi pierde la vida en un accidente automovilístico, su desgastado bolso lleno de remiendos, su bicicleta la que considera su mejor compañía y, un nuevo objeto que ha llevado en los últimos días: un tapabocas que le recuerda que está inmerso en lo que jamás pensó vivir, una pandemia que acecha sin distinción y aterra a los ancianos.

Cuando el reloj marca las 5:30 a.m. se monta en su bicicleta roja, despide a su esposa con un serio pero amoroso «chao, Victoria» y emprende su camino hasta la finca Los Ángeles de la vereda La Palma, zona rural del tranquilo y apacible municipio de San Cayetano. Ahora su trayecto es sepultado en el silencio y soledad de un pueblito que guarda una indefinida cuarentena. Ocasionalmente encuentra uno que otro perro en la trocha, sitio que su mente no evita asociar con los recuerdos de cuando se detenía en su recorrido para charlar con sus adorados amigos de antaño. Entretanto, con su noble actitud y la osadía que lo mueve, se introduce entre los arbustos y llega al imponente portón de la finca: la tierra que espera su presencia para ser labrada.

Tras tomar de su termo unos cuantos sorbos de café que son suficientes para revitalizarlo se hacen las 6:00 a.m., los primeros rayos de sol que acarician los cachetes de Gilberto le pronostican que será otro día caluroso. Con sus botas de caucho bien puestas cual anillo en dedo, sus pantalones con retazos de tela que cubren los agujeros y el machete que enmarca el aura de un honrado trabajador de la tierra, se dispone a alimentar a los que considera los seres más leales y respetuosos: sus animales. Gallinas que con su cantar se muestran impacientes, cardúmenes de coloridos peces y un grupo de robustos cerdos que esperan a su cuidador para que calme las ansias de su hambre voraz. Ya desde esas primeras labores, Gilberto se siente fastidiado con su nuevo compañero: el tapabocas que le incomoda y mantiene guardadas su boca y fosas nasales como en una prisión.

Ya a las 6:30 a.m., ve a lo lejos a sus colegas, compañeros y amigos. Tres hombres que al igual que él, llevan puestos sus tapabocas. Pedro, un anciano de anécdotas increíbles; Jarold el fortachón y Daniel, el más joven; todos conforman ese equipo de nobles hombres que trabajan bajo el abrasador sol las 7 hectáreas de la finca los Ángeles, donde entre risas, chistes y parloteo recolectan gran variedad de productos. Limón, mango, coco, guanábana, papaya, plátano y yuca son solo algunos de los exponentes de aquellas tierras fértiles. Mismos productos que son transportados con celeridad a las centrales de abastos, todo con el fin único de ser consumidos por las familias citadinas en lindos y deliciosos platos a la hora del almuerzo mientras ven noticias sobre los últimos casos de contagio del amenazante virus.

Desde su hogar, entre las envolventes melodías de la música carranguera emitidas desde la frecuencia 88,7 de la emisora comunitaria y, los agradables aromas que se destilan de una olla en la cocina, se encuentra Victoria Estupiñán, su esposa, una mujer pujante e igual de apasionada, quien todas las mañanas se entrega a un vaivén de olores, sabores y música mientras cocina. Una actividad casi terapéutica para ella.

—Gilberto es alguien muy entregado a su trabajo, a los animalitos y a la tierra. Pero el coronavirus es una nueva de sus preocupaciones.

Es lo que dice Victoria, inmersa en la atmósfera de su cocina mientras quita con un afilado cuchillo la concha de un racimo de yucas, que alista para echarlas al agua hirviendo. Su vestimenta de pijama rosada, sus sandalias y su enternecedor semblante acaban enmarcando una escena que trasmite sentimientos de ternura y la calidez de un hogar.

Según doña Victoria, los primeros días de aislamiento fueron un calvario para su agitado marido. Recuerda el martes 24 marzo, día en que se inició el periodo de cuarentena en el país, pero más que rememorar aquel día por ser el inicio del aislamiento, lo hace por la caótica imagen de su esposo: un Gilberto impaciente y desaliñado que observaba a través de la ventana con una mirada que se apaciguó al sentirse encerrado en su casa. Se sentía en una prisión o en cautiverio, suena exagerado, pero no lo es para alguien cuyos días se pasan volando entre las plantaciones de limón, los animales y la imponente luz del sol. Su vida era el campo y en esos momentos lo único que quería hacer era abrir la puerta y montar su bicicleta para ir a la finca. Pero, por el contrario, pasó aquellos primeros días sentado en su cómoda mecedora, tomando café y viendo el cielo. Tuvo que acoplarse a un encierro que lo consumía desde el primer momento.

A las 10.00 a.m. Doña Victoria termina de limpiar su cocina y dice con gratitud: “pero menos mal la Alcaldía le dio permiso de trabajar, por lo de que ellos no paran, sino, no sé qué haríamos”.

Gilberto lleva su tapabocas manchado por la tierra y con gotas de sudor que pendían desde sus sienes se acerca a beber de su termo un poco de agua de panela con limón y hielo. Le da unos sorbos a su amigo Pedro y descansan durante unos contados 7 minutos, en los que hablaban de las tierras, sus familias y el virus que por las noches los atemorizaba. Mientras sus amigos se adentraban en la conversación, Gilberto con contundencia y con el ímpetu de un líder les dice: «miren muchachos, a mí no me asusta ese virus, me asusta más que mis hijos y mi mujer se acuesten sin comer; eso sí me asusta». Sus compañeros asienten y concuerdan con la frase dicha por ese Gilberto entregado a labrar la tierra con tal de llevar un poco comida a su hogar.

Cuando el extenuante sol de las 10:30 a.m. envuelve a los hombres, Gilberto decide ir en busca de unos mangos para llevar a su casa. Vio ansioso a las apetecibles frutas que colgaban de un imponente árbol. Y sin meditarlo, Gilberto lo trepa con la audacia de un mono y la agilidad de una ardilla. Sube con rapidez hasta la parte más alta dónde están los que para él son los más jugosos. Quita uno a uno y se los tira a Daniel, uno de sus compañeros que los recibe con un balde. Yo por otra parte, veía perplejo la escena ante la fuerza y el vigor de un hombre que como un Tarzán campesino se pasaba con tanta facilidad de una rama a la otra.

—Pregunte, mijo, que como sea yo le respondo.

Me dice mientras avanzaba en el árbol.

Al hacer eso, Gilberto empieza a hablar sobre una sombría y lluviosa noche del año 2000, el inicio de siglo que para muchos en la zona rural era previsto como «el fin del mundo» y que, para él, sí lo fue. Puesto que su casa había sido destruida por un deslizamiento de tierra. No tenía nada y como pudo empezó de nuevo. Gilberto afirma que hay algo en común entre lo que pasó esa noche y lo que sucede hoy.

—A nosotros nadie nos ayudó, el gobierno nada, ni la alcaldía. Y así mismito es hoy, por acá ni se asoman a ver si estamos bien, y así como yo hay muchos que están solos.

Y con furor en su voz, Gilberto se refiere a la escasa atención prestada por la alcaldía del municipio. Se siente desprotegido y olvidado ante la indiferencia del alcalde. Es como si los campesinos quedasen relegados a un segundo plano donde son solo unos peones de un sistema que exige, consume y se apodera de ellos.

Porque mientras en las ciudades muchos ven en la comodidad de sus hogares Netflix, leen un libro, teletrabajan y al tiempo comen un snack de frutas, olvidan que el campesinado que cultiva lo que comen se encuentra con miedo, atemorizado y olvidado en la ruralidad y que tal vez, subsiste de los ingresos de ese mismo snack. La gente ignora que mientras las industrias se paralizan, el precio del petróleo y el carbón cae estrepitosamente y las grandes multinacionales chocan de frente con una recesión impensada, los campesinos siguen trabajando y no están en cuarentena, siguen de pie produciendo por un bien colectivo: que en las ciudades no falte la comida.

Y es que, como Gilberto, en Colombia según el Dane hay cerca de doce millones campesinos. Doce millones que se mantienen firmes para seguir cultivando las tierras. Doce millones que se han visto obligados a devaluar sus productos. Doce millones que no tienen como transportarlos y se ven truncados por los intermediarios. Doce millones de personas que en medio de una pandemia no tiene como acceder a un hospital y han estado por décadas inmersos en la violencia y el olvido de un estado que no los protege y en lugar de eso, los mira con altivez.

Gilberto toma sus mangos y al ver que ya son las 11:50: a.m., hambriento sube a su bicicleta para ir hasta su casa a almorzar. En esa parte del día ya está más que incomodado por los elásticos del tapabocas que lo mantienen apresado. Gilberto lo compara con una sauna, debido al calor que siente mientras lo usa. Cuando llega a su casa, acoplado a un protocolo que nunca pensó, se quita sus zapatos y los deja en la entrada, lava fuertemente sus manos y se desprende de sus vestiduras. Saluda a su esposa y le pregunta por el almuerzo. Este es su momento favorito del día.

—Yo tenía una finca productora de café en el municipio del Zulia, antes de que llegáramos aquí, pero las cuentas no me daban y nos tocó venderla.

Decía Gilberto mientras con sus profundos ojos oscuros veía como su esposa vertía un chorro de agua de panela en su vaso. Para él, el campo es una pieza importante de su existir. Siente una cercana conexión con la naturaleza, que se ve reflejada en la alegría con que inicia todos los días sus labores. Cuando de su plato salían los cautivadores olores de un anaranjado pollo con guiso y una sopa que terminaba de envolver el ambiente en un poema hecho comida; él contó cómo cuando tan solo era un niño, tuvo que entregarse de pleno a trabajar la tierra para vivir. Este oficio que lo rescató en su temprana de edad del desgarrador dolor de la muerte de sus papás es el mismo que hoy en día lo mantiene lleno de vitalidad y vigor en todo su esplendor.

Y así como él, se mantienen en pie de lucha muchos más, que con amor, pasión y entrega se disponen a levantar a un país que hacia el exterior se vanagloria de sus campos, su naturaleza y sus recursos naturales, pero que de ojos para adentro deja en evidencia como pisotea a los que deberían ser considerados héroes.

Gilberto termina de almorzar, se siente satisfecho y agradece a su mujer por tan deliciosa comida. Y como en una rutina imparable, incesante e inmutable, toma su bicicleta para seguir trabajando en la finca. Va saliendo con celeridad por la puerta cuando su esposa repentinamente lo detiene le da un beso y dulcemente le dice:

—Mijo, vea, no se le olvide el tapabocas, vea el que le hice. Cuídese mucho.

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La generosidad

El descubrimiento de un nuevo efecto contagioso en tiempos de pandemia: la generosidad​

Por Valeria Gaviria

"Me contagié, no del covid-19, que había estado evitando todo este tiempo, sino de la dadivosidad que mis altruistas vecinos derrochan casi a diario".

La rutina tiene su lugar una vez más. Al despertar, mi mano se pasa por el borde de la mesa de noche, mis dedos se sumergen en la búsqueda de mi teléfono celular. Un sonido resalta al callar aquella alarma que me advierte de que el sol ha salido… ¿son carcajadas? Mis ojos se abren de golpe, creo que la alucinación es un efecto psicológico de la cuarentena. Sin embargo, al acercarme a la ventana, confirmo la situación. El sonido de aquellas risas celestiales e inocentes intervienen abruptamente en el silencio que inunda las calles. Cuatro pequeños seres juegan con unas ramas caídas, fingiendo que son grandes espadas y que se trata de una lucha medieval.

¿Qué clase de padre permite que sus hijos salgan a la calle durante una pandemia mundial y su respectivo aislamiento? El más grande, tendrá unos 8 años, y junto a él se observa su hermano, que por temas físicos, da la impresión de que se trata de gemelos. Ambos están en pantaloneta, sus delgados torsos se encuentran al descubierto y sus pies están protegidos por unas chanclas negras que evidencian su alto uso; a uno de ellos, incluso, le quedan tan grandes que su pie navega en el aire cada vez que da un paso. De repente, una pequeña cabeza se hace notar. Aquellos rubios y lisos cabellos resaltan con el reflejo del sol mañanero, sobresaliendo pese a su corta estatura, pues los otros dos infantes son de aproximadamente dos y cuatro años respectivamente.

Poco he contemplado al exterior, debido a lo ensimismada que me he encontrado por las clases en línea, la situación estudiantil actual. Ver cómo cuatro niños se exponen al covid-19 no me entretiene, por lo que decido dejarlo de lado y seguir con mi rutina diaria: Desayuno, clase, baño, almuerzo, trabajos y procrastinación en su máxima expresión.

El tiempo pasa, y el eco de la campanilla de aquel carrito de helados que transita diariamente frente a mi casa deja en claro que son las 12:20 pm. Al fijar mi mirada en la ventana y ver a dicho vendedor, el recuerdo de la noticia que leí unos días atrás viene a mi cabeza. Según el Dane, Cúcuta es la ciudad con porcentaje más alto en informalidad laboral en el país, debido a que en el informe presentado del trimestre diciembre-febrero muestra un porcentaje del 71,4%. Y ahí va, uno de los 239,304 vendedores informales de la perla del norte.

Al acercarme a la ventana, percibo que los cuatro mosqueteros de ésta mañana están sentados en la banca que hace parte del frente de mi casa y mi vecina Sandra Moreno. El corazón se me acelera y una sonrisa acompaña el sentimiento que se crea en mi interior. Mi vecina, en tiempos donde todos escaseamos, porciona un poco de su comida para compartirla con unos niños que no tienen nada que ver con su núcleo familiar.

Los niños almorzando en la banca. Foto tomada por Valeria Gaviria.

“Hay 12,8 millones de personas en la pobreza, el 27 por ciento de la población, con ingresos de máximo 250.000 pesos por persona”, informa Portafolio, para junio del 2019. ¿Cómo se dividen 250.000 pesos en comida para cuatro hijos y saber cuántas personas más que hacen parte de ese hogar? El 31% de los colombianos hacen parte de la clase media, que posee ingresos entre 590.000 y 2,95 millones de pesos. Imagina sacar de tu alacena, donde tienes hoy pero no sabes si tendrás mañana, y compartir con unos niños que no conoces de nada. El coronavirus ha traído escasez para todos y no es un secreto que incluso los que tenían, están en el aprieto que envuelve la necesidad y el futuro incierto que nos trae la cuarentena.

Días después, aproximadamente a las 9 am, el silencio vuelve a ser interrumpido por la voz fuerte de un hombre. Sus gritos se convierten en un canto repetitivo que proclama “Escobas, traperos, recogedooores”. Súbitamente, se calla para darle paso a la palabra tranquila y suave de mi vecino, el de la casa del otro lado. “¿A cómo tiene la escoba?”, dice Oscar Aguirre, desde la puerta de su casa. El vendedor se acerca a la reja del porche que hace una división de tres metros entre éstos dos, aproximadamente. “100 mil pesitos”, dice el vendedor con gracia, pero mi vecino no lo entiende y lo cuestiona con evidente asombro. “10.000, señor, sé que estamos en necesidad todos pero yo no le voy a sacar un ojo de la cara a usted también”. Y sí, el hombre tiene razón. Para el principio de la cuarentena, los índices del desempleo fueron un abrebocas al terror que nos traería ésta situación, pues la cifra aumentó a 12,6% en marzo. Lo preocupante de esto no es sólo que haya incrementado, sino que éste porcentaje no incluye a todo aquel que no tiene trabajo, pues 1.6 millones de personas pasaron a ser “inactivas” para el Dane. Sí, ahora nos dividimos entre desempleados e inactivos.

Un bramido se escucha afuera y me percato que uno de los niños se resbaló con la baldosa que está en la entrada de mi hogar. He estado, con todo esto, zambullida en un mundo virtual y externo de la realidad, por lo que sonidos que interrumpen el silencio que acapara el exterior son los que me recuerdan que existe algo más ahí afuera. Su rostro se cubre rápidamente de lágrimas que salen a tope, y en su pequeña rodilla se vislumbra la sangre. Curiosamente, mi vecina Sandra, sale con prontitud en su auxilio. Éstos niños, como he confirmado en mis salidas a mercar, son de 5 casas más arriba que nosotros, pero para mi vecina ya son casi parte de su familia. ¿Dónde estará su mamá? Ésta duda la resolví una noche que salí para acariciar a una gata que está al cuidado de mi rommie y yo. Ella hablaba con mi vecina, y le comentaba lo duro que era trabajar durante éstas circunstancias.

“La casa del terror”, así se conoce en la cuadra a aquella vivienda que sobresale del resto por su desproporcionada arquitectura, donde sus dueños tienen varios inquilinos, y siempre salen y entran personas diferentes. La madre de los cuatro pequeños contaba lo duro que era que sus vecinos ayudaran a quien vive en “la casa del terror”, mientras dejaba claro lo agradecida que estaba con la señora Moreno por ayudarla con los niños y estar pendiente de éstos.

Nuevamente, la campanilla de los helados alerta la hora, y aunque ese sonido se convirtió en una rutina, Oscar la interrumpe para comprar un delicioso Chococono. A mí me llama la atención que él, pese a que en ocasiones pasadas ha accedido a precios más económicos, con un “hágale, tranquilo, que ese es el precio que me da usted y yo puedo pagarlo” le compra a éste hombre, que sin falta alguna y con mucha perseverancia, sale en búsqueda de un sustento monetario para su familia.

El heladero vendiendo el chococono. Foto tomada por Valeria Gaviria.

Admiración, es lo único que puedo sentir por mis vecinos, quienes son mi contacto social exclusivo en estos tiempos. Yo quisiera ayudar a alguien más, pero la oportunidad no se me había presentado. Sin embargo, un día, cuando me dedicaba a limpiar con esfuerzo y pasión el piso de mi casa, por la ventana vi pasar un reciclador. El hombre, de unos 45 años, cargaba en su espalda un gran costal lleno de botellas de plástico, su rostro demostraba el cansancio pese a que eran las 10 de la mañana y su ropa estaba cubierta por un poco de polvo. Entonces, recordé la cantidad de botellas y plástico que había estado acumulando debajo del mesón de mi cocina con la esperanza de amontonarla al lado del contenedor de basura. Mi momento había llegado. Enseguida solté la escoba y me apresuré con cuidado de no caerme, abrí la puerta (pues mis ventanas no pueden hacerlo) y dije con fuerza: “¡Señor, yo tengo reciclaje para darle!”. De golpe, éste dio un giro de 180° en mi dirección y se acercó con velocidad. Debo admitir que me asustó un poco, pues llevaba el tapabocas mal puesto, pero supe manejar la situación.

Me contagié, no del covid-19, que había estado evitando todo este tiempo, sino de la dadivosidad que mis altruistas vecinos derrochan casi a diario. Ayudar a alguien produce una sensación increíble, pues esa paz y felicidad que se instaura en el alma se queda presente el resto del día, y éste efecto se vuelve adictivo.

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El duelo, un virus letal para el alma

El duelo, un virus letal para el alma

Por Lineth Sanguino Trillos

"La incertidumbre, mezclada con el ácido del dolor, había convertido el aire en algo que sentían peor que un virus, lo había convertido en duelo".

“Todo sale bien, yo ya le pedí al señor y a la virgencita, hijos”, decía Ramona Elvira picón de Ascanio, una hija del Catatumbo, viuda de Luis Eduardo Ascanio, madre de ocho, abuela de once y bisabuela de nueve. Hasta sus últimos días, Elvira fue cabeza de hogar.

La mañana era pesada y agobiante, igual a todas las que ofrecía una cuarentena obligatoria que pretendía resguardar a todos del covid-19 y en una habitación oscura se encontraba una estudiante de comunicación social acostada en la tranquilidad que le brindaba una clase de economía virtual, cuando el penetrante silencio que invadía su casa situada en el municipio de Ocaña, se rompió en dos con el grito adolorido de su madre, una señora de 55 años llamada Miriam Ascanio que acaba de perder a su mamá con la frase de “Elvira se nos fue”. Esa mañana dejó lágrimas, gritos, uno que otro corazón roto y una clase de economía a la mitad.

¿Qué vamos a hacer? Era la pregunta que todos se hacían en la casa que pasó de no decir ni una palabra, a ser un centro de comunicaciones, donde la incertidumbre mezclada con el ácido del dolor, había convertido el aire en algo que sentían peor que un virus, lo había convertido en duelo. ¿Qué hace una estudiante de comunicación en estos casos si no es hablarle hasta por los codos a alguien para tratar de consolar? ¿En cuál de sus clases le enseñan a saber qué hacer en estas situaciones? ¿Cómo consolar a una persona que pierde a alguien en medio de una pandemia y no tiene siquiera la certeza de poder presenciar el entierro de su ser querido? ¿Iba a ser esto igual que el caso de Angie Parada, la ocañera fallecida en plena pandemia de la que no se daba razones de sus restos luego de 21 días de fallecida? Tantas preguntas y solo una respuesta, esperar.

Pasada la hora del almuerzo y un poco más, entre tantas llamadas, llegó aquella que le dio un rayo de luz a la familia Ascanio, con la noticia de que señora Elvira Picón, como le gustaba que la llamaran, quien ya hacía días en su paso por el hospital había dado negativo a la prueba de covid-19, podría velarse en la funeraria Los Olivos, donde siguiendo el protocolo dado para todas las casas de luto en el país, solo entrarían 20 personas que fueran familiares, mayores de edad y llevaran todas las medidas de seguridad necesarias, durante un poco menos de un día.

¿Cómo se le dice a una familia entregada al catolicismo que el funeral de su mamá no podrá tener eucaristía? una familia devota donde todos los años sus integrantes en semana santa y fiestas de la virgen del Carmen, vuelven a su tierra natal, El Carmen Norte de Santander para reunirse y acompañar a los nazarenos que cumplen promesas en favores concedidos y pedidos hacia su familia, una familia a la que Elvira le enseñó la fe.

“Dé unas palabras de despedida usted que escribe mejor y publíquelas”, le dicen a la estudiante de comunicación social que sin saber qué hacer acata todas las ordenes momentos antes de ir al breve velorio, el mismo del que todos sabían luego de un clic. Las horas, como era de esperarse pasaban dolorosas y en vista de la necesidad de la unión que su madre les impartió desde pequeños, todos los hijos, nietos y bisnietos acordaron encontrarse en la casa que Ramona Elvira había levantado en Ocaña, donde mientras unos trataban de hacer todos los preparativos, papeleos y demás, otros intentaban que Mariela y Olga, hijas de la fallecida y profesoras rurales en El Carmen, consiguieran un permiso de la alcaldía que les permitiera salir y volver entrar al pueblo luego del entierro.

Los familiares llegaban poco a poco y era imposible no ver cómo miraban la mecedora vacía con los ojos empañados cada que entraban a la casa que emitía un olor a alcohol y desinfectante que mantuvo mareados a todos, hasta que, a las cinco de la tarde, el cielo junto a todos los rostros se opacaron y los carros tomaron rumbo al lugar donde descansaba la razón del dolor que abatía a toda una familia.

“¡Tantos hijos y te nos fuiste sola, Viru!”, fue lo primero que se escuchó la sala de la funeraria donde todas las sillas estaban separadas, los ventiladores habían sido desmontados y un ataúd rodeado de infinidad de arreglos florales, enviados por los tantos amigos que la señora había coleccionado en sus 87 años de vida, fue colocado en el centro.

No conglomerarse, desinfectar los guantes cada 15 minutos y no tocar nada eran las reglas, pero ¿cómo se le dice a una hija que no se tire sobre el ataúd de su madre? La madre que los crio con las uñas trabajando hasta el cansancio junto a su esposo. No importa si tienes diez o cincuenta años, la partida de una buena madre es una puñalada en el alma, una que se hace más dolorosa cuando un virus azota la humanidad y no puedes siquiera sentir el calor del abrazo de tus seres queridos. Así lo definió la estudiante de comunicación social en sus palabras a Miriam Ascanio tratando de consolarla luego de ver el cuerpo sin vida.

A las ocho de la noche el lugar fue desalojado siguiendo el protocolo estipulado y a las diez de la mañana del siguiente día todos se preparaban para darle a Elvira su último adiós, cuando todos los rosarios se desprendieron de los cuellos que los cargaban y las oraciones salían de los labios ocultos tras un tapabocas que solo permitía ver los ojos enlagunados de los abatidos.

El sacerdote Jesús Ramón, de la iglesia de El Carmen, en favor a una devota, llamó a la familia y la virtualidad se apoderó de 20 personas que ahora escuchaban la palabra de Dios, que fue reiterada por el sacerdote que instantes antes del entierro dio su bendición.

De la funeraria al cementerio eran cuatro cuadras, pero solo bastaron unos cuantos pasos para que hasta el más fuerte de los presentes se soltara en llanto de ver cómo se la llevaban. La trayectoria fue de diez minutos donde en Ocaña reinó el silencio, pero en El Carmen, un pueblo edificado sobre las tradiciones, las campanas de la iglesia lloraron hasta el más pequeño rincón la pérdida de su hija que ahora iba a ser enterrada lejos de su esposo.

Dos rejas detuvieron a todos los dolientes y solo uno, además de los que llevaban el ataúd, pudo pasar al cementerio para ver dónde iba a quedar la tumba, porque en una pandemia no importa si estás triste, si pierdes un familiar, en una pandemia el bien colectivo prima sobre todo y los protocolos están para eso, para cumplirse.

¿Cómo hace una estudiante de comunicación social una crónica sobre el dolor de una familia que carga con la herida abierta? ¿Cómo se describe el ardor del alma cuando pierden a alguien en medio de un virus que no discrimina? ¿Cómo se escribe sobre esto sin llorar sabiendo que al igual que esta hay 1.200 muertes por día en medio de la pandemia? Al fin y al cabo, yo era esa estudiante, Elvira era mi abuela y aún con el dolor en el pecho, las lágrimas y la nariz roja por el llanto, tuve que ver todos los hechos con los ojos de una cronista.

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