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Estudiantes UFPS Forman colectivo cultural por convocatoria de estímulos local

Estudiantes UFPS forman colectivo cultural por Convocatoria de Estímulos local

Sebastián Sarmiento Duque, junto a su compañera Mónica Rolón, participaron en la categoría creación de videoclips, de la segunda convocatoria del Programa Estímulos a la creación, formación y circulación artística y cultural de Cúcuta de la alcaldía de San José de Cúcuta, a través de la secretaría de Cultura y Turismo.

Remembranzas Cautivas, ese es el nombre de la propuesta que estos jóvenes presentaron y la cual fue una de las ganadoras de los 224 estímulos por un valor total de $805.000.000 que benefició a organizaciones no gubernamentales y gestores culturales.

“Nosotros nos enteramos de esta oportunidad gracias a la docente Julieth Villabona, ella fue quien nos comentó al respecto durante una clase de la materia de Producción de Medios Audiovisuales; en un principio fue completamente mi decisión el participar ya que este campo es algo que me apasiona, pero como resido en el municipio de Los Patios no podía hacerlo solo”, comentó Sarmiento Duque, director del videoclip.

A partir de este inconveniente Sebastián consolidó un equipo de trabajo para poder postular su idea; junto con su compañera decidieron conformar el colectivo “Paszoñar”, y de esa manera cumplir con todos los requerimientos necesarios para su participación.

 Los jóvenes comentan que, haber sido seleccionados como uno de los ganadores fue una gran sorpresa, “ya que esta es la primera vez que participamos en una convocatoria a nivel local. Todas las propuestas estaban invitadas a ser recursivas y a la vez creativas, explorando diferentes formatos y lenguajes, apropiándose de las herramientas técnicas y de infraestructura en telecomunicaciones a través de teléfonos móviles o computadores personales”.

 De la misma manera, los estudiantes Wendy Jaramillo y José Miranda, además de Michell Cáceres, egresada del programa, también fueron algunas de las personas seleccionadas por la Secretaría de Cultura como ganadores de estos estímulos.

 

Sobre la convocatoria

Esta convocatoria nació como respuesta a la coyuntura actual generada por la pandemia de la COVID-19; siendo esta una invitación pública que tiene como objetivo promover y fortalecer procesos de creación, formación y circulación que permita a los artistas, gestores y agentes de las artes y de la cultura del área urbana y rural del municipio, mantener activas sus prácticas.

Se basaba en ejes temáticos que incluían procesos de formación, creación, circulación y emprendimientos de economía naranja como:

  1. Las identidades y promoción de la memoria y patrimonio local.
  2. Aislamiento inteligente en época de crisis a raíz de la emergencia sanitaria por COVID-19.
  3. Comportamientos preventivos del abuso sexual y maltrato infantil.
  4. Abordajes de cultura ciudadana, cultura de la legalidad y comportamientos urbanos responsables en el espacio público.

La recepción de propuestas fue abierta el sábado 12 de septiembre y finalizó el viernes 2 de octubre, durante estos días se realizaron una serie de talleres cuyo objetivo era fortalecer las capacidades, competencias y habilidades de los aspirantes, para que sus proyectos cumplan con los requerimientos y aumenten sus posibilidades de éxito.

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“Siempre he creído firmemente en que, si las cosas son hechas con dedicación, amor y esfuerzo, los resultados llegarán y serán excelentes” Mónica Méndez

“Siempre he creído firmemente en que, si las cosas son hechas con dedicación, amor y esfuerzo, los resultados llegarán y serán excelentes”
Mónica Méndez

Una joven cucuteña de 20 años solo necesitó de su deseo por indagar con mayor profundidad lo que ocurre a su alrededor y su creciente gusto por el mundo de la investigación, así logró participar en dos eventos a nivel iberoamericano, entre quienes se dedican a estudiar y analizar los imaginarios y representaciones sociales.

Mónica Marcela Méndez Serna, actualmente es una estudiante de octavo semestre del programa de Comunicación Social de la Universidad Francisco de Paula Santander, ella tuvo la oportunidad de presentar su trabajo en una convocatoria en la cual se recibieron alrededor de 243 propuestas de investigadores a nivel de maestría y doctorado provenientes de diferentes países como España, Brasil, Argentina, México, entre otros.

Apira: Mónica, ¿puedes hablar un poco sobre la convocatoria en la que participaste?

Mónica Méndez: El evento en el cual participé fue organizado por la Red Iberoamericana de Imaginarios y Representaciones Sociales, este llevó por nombre III Seminario Colombiano sobre Imaginarios y Representaciones; pero dadas las circunstancias actuales de la pandemia la misma Red Iberoamericana decidió hacer también el I Seminario Internacional sobre Imaginarios y Representaciones, en términos generales fueron dos eventos en uno solo.

Gracias a ello, pude estar como ponente en uno de los simposios más importantes del continente en este campo de estudio durante la pasada semana 21 al 25 de septiembre. Allí pude presentar mi investigación, que nació a partir de un trabajo de aula que realicé en la materia electiva de Imaginarios y Representaciones Sociales en séptimo semestre a cargo del profesor Jesús Ernesto Urbina Cárdenas, donde la dinámica consistía en enviar por correo aquellos trabajos o investigaciones que hicieran referencia bien sea a los imaginarios o representaciones enfocados a cualquier temática o fenómeno social.

¿Qué te impulsó a participar en la convocatoria?

Puedo decir que supe de la Red Iberoamericana y de esta convocatoria el último día de clase con el profesor Urbina, quien nos comentó al respecto luego de felicitarnos por nuestro trabajo y esfuerzo durante el semestre, aquí ya era elección propia si se enviaba el trabajo o no.

En mi caso, lo que me impulsó a participar de esta convocatoria fue algo más personal de haber tenido la certeza propia de que me había esmerado y había dado todo en ese trabajo, pues la temática del miedo urbano me parece muy interesante, dado a que es una problemática a la que muchas veces no se le ha tomado tanta importancia y con el paso del tiempo hemos visto como los casos y abusos en contra de la mujer van en aumento. A día de hoy puedo ver que no me equivoqué, desde siempre he creído firmemente en que, si las cosas son hechas con dedicación, amor y esfuerzo los resultados llegarán y serán excelentes.

¿En qué consiste tu investigación?

En el caso de mi trabajo, participaron un total de 12 mujeres jóvenes entre los 16 y 22 años, con las que se abordó sobre los imaginarios del miedo urbano femenino en la ciudad de Cúcuta, la que es a grandes rasgos una temática que, como ya lo dije, por mucho tiempo ha sido invisibilizada y no se han dado las medidas pertinentes para mitigar dicha problemática; bajo esta premisa como base, el trabajo buscó precisamente saber ese imaginario que las mujeres tienen sobre ese miedo o inseguridad al estar en espacios abiertos como lo es la calle, el transporte público, los barrios y parques, entre otros y saber cómo estas dinámicas influyen en sus modos de actuar, pensar y relacionarse con los demás.

En esta investigación también se tuvieron en cuenta los detonantes o esas emociones que sienten las mujeres cuando atraviesan por este proceso o este tipo de acontecimientos desagradables, los cuales intimidan y amenazan la instancia de ellas en esos escenarios; y pues el poder articularlos con los imaginarios sociales te permite conocer las voces ocultas o esas experiencias que las mujeres callan por vergüenza o porque creen que es normal.

¿De dónde surgió el interés por abordar este tema?, ¿algún motivo personal?

El interés surgió a partir de cuándo a las mujeres que van por la calle reciben esos comentarios obscenos y miradas hostiles, como muchas veces me ha pasado y que también he visto que les sucede a muchas mujeres por no decir que a todas; esto es algo que puede pasarles a todas, ya sean tus amigas o que estén dentro del grupo social femenino donde cada una se relaciona, sino que es algo que se ve muy constantemente en la calle con chicas y mujeres que no conoces y como terminamos convirtiéndonos en espectadores de cómo algunos hombres morbosean a algunas mujeres, o incluso hay unos más osados y pasan ese límite.

Percatarse de esto es lo más triste de todo, ver que no se hace nada al respecto y se queda como un acontecimiento normal, cuando no lo es. Partiendo de esto llegué a la conclusión de que es algo arraigado a la cultura, y personalmente me parece algo bueno poder hablar de esta problemática, un poco bochornosa pero a la vez se puede analizar y estudiar desde un punto de vista investigativo para sacar resultados y así poder trabajar sobre ellos.

¿Qué resultados obtuviste de la investigación?

Como principales hallazgos de mi trabajo se pueden resaltar tres factores, el primero de estos siendo más cualitativo mostró una constante, y es que tanto la esfera familiar y como la religiosa son los principales promotores en transmitir este constructo del miedo; según las participantes, es desde sus hogares de donde se viene manejando la visión de que es el hombre quien solventa y mantiene económicamente la casa, mientras que la mujer se ocupa de las labores domésticas, y que si es necesario, aporte algo en menor medida a la economía del hogar. En cuanto al panorama religioso son los principios y valores inculcados en ellas desde muy temprana edad, terminan asentando ese mismo discurso y prácticas en su vida diaria, siendo esto último muy interesante de ver y escuchar.

Por su parte, en la encuesta que se les realizó a las 12 mujeres participantes, se optó por adentrar un poco más sobre esta percepción que tienen respecto a que tan seguras se sienten en los distintos lugares a los que pueden ir durante un día normal; este “sondeo” mostró principalmente que independientemente del día y del horario el peligro para las mujeres aumenta cada vez más, todas las encuestadas  afirman que es en la calle y el transporte público donde se sienten más vulnerables y con mayor riesgo, seguido por los paraderos de buses con un 75 %, los parques con un 60% y los sectores con puestos ambulantes y plazas públicas (58.3%), esto  indica y lleva a pensar que en cualquier momento las mujeres pueden sufrir o ser víctimas de algún comentario o comportamiento indeseado.

De la misma manera se encontró que muchas de las participantes al tener experiencias negativas en los espacios públicos, con el paso del tiempo van presentando secuelas psicológicas que les impiden convivir y relacionarse con las demás personas; En sus historias se encuentra una similitud en aquellos recuerdos perturbadores, como lo es un hombre masturbándose frente a ellas, ya sea en la calle, en el transporte, en un paradero de bus, etc. Ellas sienten que, en cuanto al panorama de los medios de comunicación, en muchos de los casos no hay la suficiente cobertura para estas situaciones, y si se da a conocer, solo lo es con fines lucrativos o del propio posicionamiento mediático, mas no es porque exista una sororidad o empatía con las víctimas.

¿Por qué te encaminaste en el mundo de la investigación?

La investigación es algo que me ha venido gustando desde que estaba en quinto semestre, articulándolo con otros componentes como lo son la lectura, la ortografía, la escritura y demás, que también son algunas de mis pasiones desde el bachillerato, pues son claves en ello. Viendo todo esto, entonces es aún más la pasión por este campo, sumado a la infinidad de temáticas que se pueden trabajar y los diferentes puntos de vistas que se pueden llegar a tener sobre una misma pregunta en particular; para mí es un gusto que se ha ido desarrollando con el paso de los semestres, donde día se van puliendo esas debilidades o falencias que se pueden cometer dentro del campo de estudio.

¿Tienes o estás trabajando en más investigaciones o lo planeas?

A día de hoy no estoy trabajando o formo parte de ninguna investigación, me dedico a llevar a cabo mis prácticas profesionales; dentro de mis planes tengo como meta terminar mi carrera profesional como primer paso, y ya en un futuro si me gustaría continuar desempeñándome en el campo investigativo, y porque no, articularlo con la comunicación social.

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“Conectémonos con la comunicación” Apira X

''Conectémonos con la comunicación''
Apira X

Apira, en su décima versión, se llevará a cabo los días jueves 3 y viernes 4 de diciembre, su enfoque está orientado hacia la comunicación organizacional bajo el slogan “Conectémonos con la Comunicación».

Su objetivo es unir a estudiantes, docentes, administrativos, egresados y todos los que de una u otra forma hacen parte de la academia y del programa de Comunicación Social. Apira X tiene dos pilares fundamentales: el primero, desarrollar el eje temático de la comunicación organizacional y el segundo, fortalecer este evento en Cúcuta como el escenario donde la comunicación es protagonista.

Para Liceth Torcoroma Rojas Quintero docente y coordinadora de Apira X “este evento es muy importante porque es el espacio para resaltar todo lo que se realiza al interior del programa, además porque cada semestre permite a los estudiantes, docentes y egresados seguir interactuando y conociéndose como colegas, así mismo aporta desde la academia con experiencias significativas a los estudiantes que pronto estarán iniciando su vida laboral, es una excelente manera de mostrar los comunicadores que estamos formando en la universidad”.

 

Liceth Torcoroma Rojas Quintero, docente y coordinadora de Apira X.

La décima versión tiene contenido para todos y conectará a quien con un clic ingrese a las transmisiones por medio de las  plataformas YouTube y Facebook, lo que se es busca generar conexión con los participantes y fortalecer los vínculos del programa con los estudiantes, docentes, egresados y el sector productivo.

Sobre la organización y la logística que acompaña este encuentro, su coodinadora expresó: “Apira ha sido una experiencia bonita y una actividad que invita al trabajo en equipo, en estos momentos yo lidero Apira pero gracias al trabajo de docentes y estudiantes será una realidad y la virtualidad no lo ha impedido, es más, nos invita a un reto interesante que con diversos aportes saldrá muy bien, así que lo más importante es la unión y creer firmemente que este evento es la oportunidad cada semestre de mostrar las cosas buenas de la carrera y la universidad”

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“SEGUIR SIENDO UN PROGRAMA DE ALTA CALIDAD” ERWIN JÁCOME, COODINADOR PROGRAMA DE COMUNICACIÓN SOCIAL

“Seguir siendo un programa de calidad”
Erwin Jácome, coordinador del programa Comunicación Social

Con grandes expectativas, retos y proyectos, arranca Erwin Jácome Castilla como coordinador del programa de Comunicación Social. A lo largo de su desempeño como docente se ha destacado siempre por formar profesionales competitivos, al mismo tiempo que fortalece los procesos de investigación, extensión social y docencia.

Erwin Jácome Castilla es egresado de la Universidad Francisco de Paula Santander, realizó una maestría en Comunicación, desarrollo y cambio social en la Universidad Santo Tomas (Bogotá); el nuevo coordinador lleva 6 años ejerciendo su labor como docente en esta casa de estudios, directamente con el programa de Comunicación Social, donde se ha destacado por su compromiso en la formación de profesionales. 

Su mayor pasión como docente  es poder ayudar a construir el proyecto académico de sus estudiantes, ser esa guía la cual cada alumno, encuentra el camino para su proyecto de vida, y los incentiva a particiapr en los procesos de investigación y formación, relacionados con la comunicación.

Sobre su labor en este nuevo rol, destaca que su principal objetivo es que el progama siga en su ruta de la alta calidad, “es lo más importante para mí, contribuir a los estudiantes para que puedan lograr sus metas siguiendo ese camino de excelencia, pero siempre manteniendo la unidad como equipo”

La construcción de profesionales comprometidos con el desarrollo de nuestra región es uno de los retos que tiene el docente Erwin Jácome durante su desempeño como nuevo coordinador, pero también aclara que no solo es un reto y responsabilidad para él, sino de todos los estudiantes que hacen parte del programa.

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Filminuto UFPS arrasa en concurso nacional

Filminuto UFPS arrasa en concurso nacional

Lo que empezó como un trabajo de aula para las estudiantes de sexto semestre del programa de Comunicación Social UFPS, terminó siendo reconocido a nivel nacional gracias a una convocatoria del programa de Comunicación Social – Periodismo de la Universidad Católica de Pereira (UCP) en la categoría “Filminuto Hecho en Casa”.

Fueron un total de 1.900 reacciones, con más de 371 veces compartidas, las que llevaron a este filminuto a superar los proyectos presentados por los estudiantes de la Universidad de la Sabana y la Corporación Universitaria Unitec de Bogotá, al igual que a los anfitriones de la UCP.

“Aprovechando la virtualidad que se está manejando debido a la Pandemia de la Covid-19, la docente Julieth Villabona para el segundo parcial de la materia de redacción y géneros audiovisuales nos solicitó crear una producción que transmitiera un mensaje reflexivo sobre un tema de impacto” comentó María Fernanda Rincón Herrera, integrante del proyecto.

‘Paranous’ es un filminuto que relata un caso de trastorno mental como es la esquizofrenia; Esta producción debía aprovechar al máximo los recursos disponibles en los hogares, además de cumplir con las respectivas medidas de bioseguridad.

Las premiaciones se llevaron a cabo el pasado 15 de septiembre de forma virtual en el canal de YouTube de la Universidad; el ganador se definió a través de votaciones virtuales en el perfil oficial del evento, las cuales estuvieron abiertas durante toda una semana.

En este evento sin ánimo de lucro, llamado Premios Corte Final, se buscaba resaltar el talento y el trabajo de las personas que estudian Comunicación Social o carreras afines para darlas a conocer a nivel nacional; la propuesta de estas jóvenes cucuteñas entró a participar como nominada junto con más de 428 proyectos diferentes de las 28 universidades concursantes.

Darcy Barrera, Alejandra Castro, Camila González, Wendy Jaramillo , María Fernanda Rincón y Angie Delrío

“Junto a mis compañeras Darcy Barrera, Alejandra Castro, Camila González, Wendy Jaramillo y Angie Delrío, recibimos la recomendación para participar de parte de la propia docente, aunque luego que decidiéramos aplicar a esta convocatoria nos tocó esperar mucho tiempo para obtener respuesta de si habíamos sido seleccionadas o qué era lo que había ocurrido”, concluyó Rincón Herrera.

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SEMINCO avanza con cuatro proyectos de investigación

SEMINCO avanza con cuatro
proyectos de investigación

Durante la primera semana del mes octubre y casi en simultáneo, se llevaron a cabo el Encuentro Regional de Semilleros RedCOLSI, Nodo Norte de Santander y la VII Semana Internacional de Ciencia, Tecnología e Innovación.

Estos espacios estaban previstos para ser el punto de encuentro en donde, docentes, estudiantes e invitados especiales pudieran socializar los proyectos de investigación que adelantan desde sus áreas del saber.

Para el primero de ellos, fueron un total de cinco proyectos presentados por los estudiantes del Semillero de Investigación en Comunicación (SEMINCO) tres de ellos, investigaciones en curso y los dos restantes, propuestas de investigación.

Cuatro de estos proyectos avanzaron a la fase nacional de RedCOLSI según los resultados publicados el día domingo 25 de octubre de 2020. Los estudiantes que tendrán la tarea de representar el semillero son:Dayana Bernal Mejía, Angie Juliana Numa, Ronaldo Medina, María Traslaviña, Daniela Ferández, Andreina Vargas, María Fernanda Rincón, Daniela Alejandra Castro, Fabiana Camila González y Nasly Shirley Gamboa.

Margarita Peñaloza Durán y Erika Bayona Castilla, docentes del programa de Comunicación Social cumplieron el rol de jurado evaluador.

Semana de la Ciencias y la Tecnología

En el caso de la VII Semana Internacional de Ciencia, Tecnología e Innovación el semillero participó en 3 proyectos de investigación.

La decana de la facultad de Educación, Artes y Humanidades UFPS Erika Maldonado Estévez y la egresada Ashlye Madeleine Lozano Domínguez también representaron al programa académico en este evento, ellas presentaron los resultados de su investigación: Percepción del Clima Organizacional del Centro de Comunicaciones de la Diócesis de Cúcuta (CCDC): Un Análisis Desde la Aplicación del Imcoc.

De la misma manera, el docente del programa Félix Joaquín Lozano Cárdenas estuvo presente con dos ponencias; los profesores José Sepúlveda y Betty Julieth Villabona también mostraron bajo la modalidad de poster investigaciones en los que están adscritos.

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Lanzamiento Apira web

Plataforma Apira: una experiencia innovadora

El programa de Comunicación Social realiza su octava versión de Apira, evento que expone los mejores productos creados por los estudiantes durante el semestre. En esta oportunidad, debido a la emergencia sanitaria “Covid-19” que atraviesa el país, el evento se llevará a cabo en un entorno totalmente digital.

Así nació la Plataforma Apira, una página web que recopilará toda la información institucional de la carrera y el trabajo de aula realizado por los estudiantes en el transcurso de su formación. Este nuevo entorno digital permitirá a la comunidad educativa y a personas externas conocer los avances, proyectos y eventos que realiza el Programa en su compromiso con la Alta Calidad.

Los creadores de este entorno digital son Ronaldo Medina, Dayana Bernal, Juliana Numa y Maria Mónica Traslaviña, estudiantes de séptimo semestre, guiados por la docente Margarita Durán, quienes durante cuatro meses se dedicaron al trabajo investigativo, de sistematización, de maquetación y de diseño para que la página web fuera un espacio agradable, moderno y atractivo que despertara el interés de sus visitantes a estar actualizados con el contenido y, a su vez, cumplir las expectativas trazadas desde inicio del semestre.

El estreno es hoy 01 de julio de 2020 a las 10:20 de la mañana, por medio de la plataforma digital Stream Yard.

Dayana Bernal

Editora.

Juliana Numa

Editora.

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Conversemos

Quienes se encuentran en este punto de nuestra página web, identificaron que el programa de Comunicación Social le apostó a su propio espacio en la red, aquí se albergan los trabajos de aula semestre a semestre, el desarrollo en el área de la investigación, el cuerpo docente que acompaña el ejercicio académico del programa, y un espacio para nuestros egresados junto a sus experiencias.

Es gratificante descubrir cuánto trabajo se ha adelantado por parte de nuestros estudiantes. Su creatividad en las áreas de diseño y digital, la composición en la fotografía, los audiovisuales, el análisis en redacción y géneros, el trabajo de campo con las comunidades vulnerables en las electivas, en fin, un constante compromiso por crear y vivir la comunicación.

Este primer “Conversemos” es una reflexión acerca del maravilloso mundo de la comunicación en el contexto local, nacional y mundial, incluso, las plataformas con las que hoy podemos conversar, son los canales que tejen una sociedad compleja y diversa.

Apira en su versión web, será la memoria del programa, en ella quedarán alojados los trabajos, iniciativas, reflexiones que dejen visualizar el ejercicio académico, social e investigativo del programa. Nuestro compromiso es continuar alimentando este espacio, para que seamos fieles testigos del dinamismo natural y propio de esta maravillosa profesión del Comunicador Social.

Bienvenidos…

Margarita P. Durán

Editora en jefe de Apira.

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El hijo de… mi abuelo

El hijo de... mi abuelo

Por Mayrela García Guerra

“Por eso, empecé a promover la unión entre las víctimas que conocía, para luchar contra ese cáncer violento que acaba a las mujeres. Si nos unimos, los 'hijos de puto' van a ser menos”.

“¡Hijo de puta!’’, pensé. Pero… ¿qué culpa tenía mi abuela de que mi papá le pegara a mi madre?, después de todo, ella solo fue una mujer que como pudo sacó adelante a sus 11 hijos, mientras era maltratada por su esposo.

Yo era una pequeña de 9 años cuando tuve que presenciar, parada junto a la puerta de una fría habitación, la discusión entre mi padre y mi madre. La cama estaba en la mitad del cuarto, con una sábana blanca y una cobija morada destendida en la mitad. Recuerdo que tirarse sobre esa cama era sentir el calor de haber nacido en una familia unida; sin embargo, en ese momento, esa misma cama era un infierno ardiendo.

Los gritos resonaban en cada rincón de la casa, pero sobre todo en mi cabeza que no podía soportar tanta falta de amor. La cama era fuerte, de madera pulida en un su color natural, era elegante y firme, pero ese día sonó tanto, como si no pudiera resistir el cuerpo de mi madrecita al caer contra el colchón. Mi padre la arrojó con la fuerza que uno solo utilizaría en caso de querer matar a alguien. Y yo grité con la voz de alguien que clama piedad, con la fragilidad de una niña que no quiere que maten a su mamá.

Para ese entonces no tenía mucha idea de groserías, toda mi vida había transcurrido en ese pequeño pueblo de Venezuela, muy cerca de la frontera con Colombia, un lugar de clima templado, calles amplias y abundancia, al que se conoce como Rubio.

Allí había aprendido todo lo que sabía, sin embargo, las malas palabras no entraban en eso. A los 9 años uno no cree que va a tener que utilizarlas, uno no siente ese odio por el mundo. Al menos así me pasaba a mí. Pero desde el día que escuché los sollozos de mi madre al sentir la mano dura de mi progenitor, sentí una necesidad por decir mil veces lo peor que mi mente pudiera pensar.

Repetí una y otra vez ‘’hijo de puta’’, en silencio, en susurros, pero nunca tan duro como para que alguien me escuchara. Tenía miedo, pero no el suficiente para reprimir mi mente. Me costó muchos años reflexionar sobre los fundamentos de lo que decía, y solo me basaba en lo que veía en mi casa, que desde los nueve años dejó de ser un hogar.

Al cumplir los 15 años empecé a investigar el tema, sentía el deber de proponer una solución para la mujer que me había dado a luz. En su piel trigueña se observaba el paso de los años, y de los daños. Sus ojos ya estaban teñidos de un morado oscuro, consecuencia del llanto y el insomnio. Su cuerpo estaba agotado, era chiquita y gordita, como un ser humano abrazable. Yo, aunque estaba cansada, aún así me sentía fuerte; era una joven alta, de cabello largo y rizado, piernas grandes y bastante musculatura. Me sentía físicamente capaz de defenderla, pero emocionalmente incapaz de ganar la pelea. Por eso logré convencerla de denunciar al hombre que un día fue su amor y hoy solo su agresor, de denunciar a quien yo todavía sigo llamando papá.

Acudimos a la Fiscalía, mi mamá entró y yo me quedé sentada sobre las sillas frías de metal que había en la sala de espera, todo mi cuerpo temblaba, las manos me sudaban y mis ojos estaban alerta, atentos, porque nadie que nos conociera podía saber que estábamos ahí.

Después de 30 largos minutos salió mi madre, me dijo que nos fuéramos con un tono decidido. Sin embargo, en su rostro se podía notar la impotencia pues la ayuda no había sido mucha. La solución que habían ofrecido era una orden de alejamiento para mi papá, pero le repitieron una y otra vez que esto podía ser extremo, que se replanteara si de verdad era necesario.

Los “consejos” de las autoridades terminaron por asustar más a mi mamá, quien se convenció que, de volver a la casa, correríamos peligro. Caminamos hasta llegar a la parada de las busetas que nos llevaría de regreso, por más que intentaba no podía dejar de llorar, mis lágrimas caían y no me importaba que la gente me mirara como si nunca hubieran presenciado la tristeza en el rostro de alguien que acababa de perder las esperanzas. De momento sentí rabia con mi mamá, no entendía qué sucedía. Yo ya no quería confiar en ella, ya no podía comprenderla, pero sólo quedaba tomar aire y seguir. Para ese entonces no estaba consciente de la poca atención que en ocasiones reciben las mujeres que denuncian violencia intrafamiliar. No tenía en cuenta que nuestro caso no era el único, y que había cosas aún más cínicas.

El ser mujer era determinante en el miedo de mi madre. Venezuela se mantiene entre los 15 países con más feminicidios en el mundo, según la ONU. Hasta mayo del 2020, se habían registrado más de 48 feminicidios en el territorio venezolano. Pero nosotras vimos en Colombia una opción, que nunca se concretó.

No sé si para bien o para mal, pero en este país las cifras tampoco son alentadoras. Para el 2015, según el Instituto de Medicina y Ciencias Forenses, se registraron 26.985 casos de violencia intrafamiliar, y en la actualidad la situación no es tan prometedora, pues en el primer trimestre de lo que va de 2020 se registraron más de 15 mil casos.

Con el paso de los años el rencor fue disminuyendo, acepté que había cosas que no podía controlar, seguimos viviendo en ese hogar venezolano, a veces siendo una familia y otras veces solo fingiendo. Como por arte de magia, como obra divina, como el milagro de mi vida y el de mi madre, el maltrato empezó a disminuir. Tuve la suerte de ser la excepción a la regla, y ver un cambio, pues mi padre ya no golpeaba a mi mamá, ya no le gritaba y tiraba la comida cuando esta no sabía bien. Ya en sus ojos azules no había ese odio y sed de acabar con lo que decía amar. Ya sus manos grandes y ásperas no se empuñaban para atemorizarnos. Sus brazos, recubiertos de piel blanca, nos envolvían en apretones suaves, y el cuello de mi madre ya no estaba marcado por los morados que dejaban sus dedos al intentar ahorcarla.

Sin embargo, hubo algo que tardó mucho en cambiar, y fue el rechazo que de forma natural mi ser sentía por él. Porque a pesar de todo, en mi mente seguía resonando una y otra vez: ‘’hijo de puta’’, seguía pensando en la injusticia de sufrir la falta de amor del hombre que me engendró.

Un día, con más conciencia, reflexioné sobre lo que decía; mi historia había tomado un rumbo inesperado y todo era mejor ahora.  Pero, a mi alrededor muchas personas seguían sufriendo, padeciendo el diario vivir y perdiendo la fe en un futuro mejor. Entonces pensé cómo cambiarlo, no pasaron diez minutos antes que me frustrara y empezará llorar, de que apoyara mi cuerpo sobre la cama mirando al techo para preguntarle al cielo ¿por qué?, para reclamarle a Dios sobre el dolor del mundo.

Entonces, escudriñé en el pasado y un poco de luz llegó a mí, al entender que mi papá solo estaba siguiendo el modelo que había visto en su niñez. Que él un día también fue solo un pequeño niño viendo su hogar perecer. Pero ¿cómo es que eso me ayudaría a conseguir una solución?, ¿cómo es que podría ser una heroína solo con saber que mi papá también era maltratado?, era muy obvio, buscar la raíz del problema me permitiría pensar con más claridad cómo erradicarlo.

Para esa época yo ya tenía 18 años, y sentía la fuerza de quien puede cambiar el mundo, así que investigue más a fondo sobre la historia de mi papá. Mi tía, una mujer ya anciana, de unos 75 años, con cabello teñido de negro, delgada como una pluma y de piel arrugada, me contaba que su padre, quien era mi abuelo Luis Ramírez, había sido muy cruel siempre. Y mi abuela, la que llevaba el dolor en su nombre, pues desde que nació cargó con el peso de llamarse Angustias Ramón, como si el destino le anticipara una vida llena de maltrato, nunca pudo hacer nada para denunciarlo porque tenía miedo, miedo como miles de mujeres que sufren maltrato diariamente.

Según la OMS, una de cada tres mujeres padece situaciones de este tipo al menos vez en su vida. En ese grupo estaban mi madre y mi abuela, temerosas de su esposo, de no ser escuchadas, de ser juzgadas.

En ese momento, que tal palabra ofensiva ‘’¡hijos de puta!’’, con la que solía sacar el odio, era una ofensa a las mujeres, pues las estaba insultando como si la culpa no la tuvieran también quienes se aprovecharon y abusaron de ellas. Como si no quedara más acorde decir ¡hijo de puto!, para señalar un comportamiento machista y revolucionar el imaginario social de señalar a las víctimas.

Por eso, empecé a promover la unión entre las víctimas que conocía, para luchar contra ese cáncer violento que acaba a las mujeres. Si nos unimos, los “hijos de puto” van a ser menos.

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El campesino

El campesino: una semilla para la cura

Por Luis Ernesto Chía Estupiñán.

“A mí no me asusta ese virus, me asusta más que mis hijos y mi mujer se acuesten sin comer; eso sí me asusta”.

Gilberto Chía López. Foto por Luis Ernesto Chía Estupiñán.

A eso de las 4:30 a.m. él se levanta, y como por un acto casi que de mandato divino, se hace la cruz. Pasa su mano sobre su arrugado semblante, luego la transporta desde su hombro izquierdo hasta el derecho y termina aquella acción de fe con un suave y sutil beso sobre su mano: ya se siente protegido para emprender sus labores del campo. Gilberto Chía López, hijo del destruido Gramalote y hombre de carácter fuerte, con sabiduría plasmada en cada una de sus salientes arrugas que contienen entrañables historias de sus 63 años de vida; se alista con sus herramientas y elementos para ir a trabajar: una figura de la virgen del Carmen sin cabeza que tiene desde el día en que casi pierde la vida en un accidente automovilístico, su desgastado bolso lleno de remiendos, su bicicleta la que considera su mejor compañía y, un nuevo objeto que ha llevado en los últimos días: un tapabocas que le recuerda que está inmerso en lo que jamás pensó vivir, una pandemia que acecha sin distinción y aterra a los ancianos.

Cuando el reloj marca las 5:30 a.m. se monta en su bicicleta roja, despide a su esposa con un serio pero amoroso «chao, Victoria» y emprende su camino hasta la finca Los Ángeles de la vereda La Palma, zona rural del tranquilo y apacible municipio de San Cayetano. Ahora su trayecto es sepultado en el silencio y soledad de un pueblito que guarda una indefinida cuarentena. Ocasionalmente encuentra uno que otro perro en la trocha, sitio que su mente no evita asociar con los recuerdos de cuando se detenía en su recorrido para charlar con sus adorados amigos de antaño. Entretanto, con su noble actitud y la osadía que lo mueve, se introduce entre los arbustos y llega al imponente portón de la finca: la tierra que espera su presencia para ser labrada.

Tras tomar de su termo unos cuantos sorbos de café que son suficientes para revitalizarlo se hacen las 6:00 a.m., los primeros rayos de sol que acarician los cachetes de Gilberto le pronostican que será otro día caluroso. Con sus botas de caucho bien puestas cual anillo en dedo, sus pantalones con retazos de tela que cubren los agujeros y el machete que enmarca el aura de un honrado trabajador de la tierra, se dispone a alimentar a los que considera los seres más leales y respetuosos: sus animales. Gallinas que con su cantar se muestran impacientes, cardúmenes de coloridos peces y un grupo de robustos cerdos que esperan a su cuidador para que calme las ansias de su hambre voraz. Ya desde esas primeras labores, Gilberto se siente fastidiado con su nuevo compañero: el tapabocas que le incomoda y mantiene guardadas su boca y fosas nasales como en una prisión.

Ya a las 6:30 a.m., ve a lo lejos a sus colegas, compañeros y amigos. Tres hombres que al igual que él, llevan puestos sus tapabocas. Pedro, un anciano de anécdotas increíbles; Jarold el fortachón y Daniel, el más joven; todos conforman ese equipo de nobles hombres que trabajan bajo el abrasador sol las 7 hectáreas de la finca los Ángeles, donde entre risas, chistes y parloteo recolectan gran variedad de productos. Limón, mango, coco, guanábana, papaya, plátano y yuca son solo algunos de los exponentes de aquellas tierras fértiles. Mismos productos que son transportados con celeridad a las centrales de abastos, todo con el fin único de ser consumidos por las familias citadinas en lindos y deliciosos platos a la hora del almuerzo mientras ven noticias sobre los últimos casos de contagio del amenazante virus.

Desde su hogar, entre las envolventes melodías de la música carranguera emitidas desde la frecuencia 88,7 de la emisora comunitaria y, los agradables aromas que se destilan de una olla en la cocina, se encuentra Victoria Estupiñán, su esposa, una mujer pujante e igual de apasionada, quien todas las mañanas se entrega a un vaivén de olores, sabores y música mientras cocina. Una actividad casi terapéutica para ella.

—Gilberto es alguien muy entregado a su trabajo, a los animalitos y a la tierra. Pero el coronavirus es una nueva de sus preocupaciones.

Es lo que dice Victoria, inmersa en la atmósfera de su cocina mientras quita con un afilado cuchillo la concha de un racimo de yucas, que alista para echarlas al agua hirviendo. Su vestimenta de pijama rosada, sus sandalias y su enternecedor semblante acaban enmarcando una escena que trasmite sentimientos de ternura y la calidez de un hogar.

Según doña Victoria, los primeros días de aislamiento fueron un calvario para su agitado marido. Recuerda el martes 24 marzo, día en que se inició el periodo de cuarentena en el país, pero más que rememorar aquel día por ser el inicio del aislamiento, lo hace por la caótica imagen de su esposo: un Gilberto impaciente y desaliñado que observaba a través de la ventana con una mirada que se apaciguó al sentirse encerrado en su casa. Se sentía en una prisión o en cautiverio, suena exagerado, pero no lo es para alguien cuyos días se pasan volando entre las plantaciones de limón, los animales y la imponente luz del sol. Su vida era el campo y en esos momentos lo único que quería hacer era abrir la puerta y montar su bicicleta para ir a la finca. Pero, por el contrario, pasó aquellos primeros días sentado en su cómoda mecedora, tomando café y viendo el cielo. Tuvo que acoplarse a un encierro que lo consumía desde el primer momento.

A las 10.00 a.m. Doña Victoria termina de limpiar su cocina y dice con gratitud: “pero menos mal la Alcaldía le dio permiso de trabajar, por lo de que ellos no paran, sino, no sé qué haríamos”.

Gilberto lleva su tapabocas manchado por la tierra y con gotas de sudor que pendían desde sus sienes se acerca a beber de su termo un poco de agua de panela con limón y hielo. Le da unos sorbos a su amigo Pedro y descansan durante unos contados 7 minutos, en los que hablaban de las tierras, sus familias y el virus que por las noches los atemorizaba. Mientras sus amigos se adentraban en la conversación, Gilberto con contundencia y con el ímpetu de un líder les dice: «miren muchachos, a mí no me asusta ese virus, me asusta más que mis hijos y mi mujer se acuesten sin comer; eso sí me asusta». Sus compañeros asienten y concuerdan con la frase dicha por ese Gilberto entregado a labrar la tierra con tal de llevar un poco comida a su hogar.

Cuando el extenuante sol de las 10:30 a.m. envuelve a los hombres, Gilberto decide ir en busca de unos mangos para llevar a su casa. Vio ansioso a las apetecibles frutas que colgaban de un imponente árbol. Y sin meditarlo, Gilberto lo trepa con la audacia de un mono y la agilidad de una ardilla. Sube con rapidez hasta la parte más alta dónde están los que para él son los más jugosos. Quita uno a uno y se los tira a Daniel, uno de sus compañeros que los recibe con un balde. Yo por otra parte, veía perplejo la escena ante la fuerza y el vigor de un hombre que como un Tarzán campesino se pasaba con tanta facilidad de una rama a la otra.

—Pregunte, mijo, que como sea yo le respondo.

Me dice mientras avanzaba en el árbol.

Al hacer eso, Gilberto empieza a hablar sobre una sombría y lluviosa noche del año 2000, el inicio de siglo que para muchos en la zona rural era previsto como «el fin del mundo» y que, para él, sí lo fue. Puesto que su casa había sido destruida por un deslizamiento de tierra. No tenía nada y como pudo empezó de nuevo. Gilberto afirma que hay algo en común entre lo que pasó esa noche y lo que sucede hoy.

—A nosotros nadie nos ayudó, el gobierno nada, ni la alcaldía. Y así mismito es hoy, por acá ni se asoman a ver si estamos bien, y así como yo hay muchos que están solos.

Y con furor en su voz, Gilberto se refiere a la escasa atención prestada por la alcaldía del municipio. Se siente desprotegido y olvidado ante la indiferencia del alcalde. Es como si los campesinos quedasen relegados a un segundo plano donde son solo unos peones de un sistema que exige, consume y se apodera de ellos.

Porque mientras en las ciudades muchos ven en la comodidad de sus hogares Netflix, leen un libro, teletrabajan y al tiempo comen un snack de frutas, olvidan que el campesinado que cultiva lo que comen se encuentra con miedo, atemorizado y olvidado en la ruralidad y que tal vez, subsiste de los ingresos de ese mismo snack. La gente ignora que mientras las industrias se paralizan, el precio del petróleo y el carbón cae estrepitosamente y las grandes multinacionales chocan de frente con una recesión impensada, los campesinos siguen trabajando y no están en cuarentena, siguen de pie produciendo por un bien colectivo: que en las ciudades no falte la comida.

Y es que, como Gilberto, en Colombia según el Dane hay cerca de doce millones campesinos. Doce millones que se mantienen firmes para seguir cultivando las tierras. Doce millones que se han visto obligados a devaluar sus productos. Doce millones que no tienen como transportarlos y se ven truncados por los intermediarios. Doce millones de personas que en medio de una pandemia no tiene como acceder a un hospital y han estado por décadas inmersos en la violencia y el olvido de un estado que no los protege y en lugar de eso, los mira con altivez.

Gilberto toma sus mangos y al ver que ya son las 11:50: a.m., hambriento sube a su bicicleta para ir hasta su casa a almorzar. En esa parte del día ya está más que incomodado por los elásticos del tapabocas que lo mantienen apresado. Gilberto lo compara con una sauna, debido al calor que siente mientras lo usa. Cuando llega a su casa, acoplado a un protocolo que nunca pensó, se quita sus zapatos y los deja en la entrada, lava fuertemente sus manos y se desprende de sus vestiduras. Saluda a su esposa y le pregunta por el almuerzo. Este es su momento favorito del día.

—Yo tenía una finca productora de café en el municipio del Zulia, antes de que llegáramos aquí, pero las cuentas no me daban y nos tocó venderla.

Decía Gilberto mientras con sus profundos ojos oscuros veía como su esposa vertía un chorro de agua de panela en su vaso. Para él, el campo es una pieza importante de su existir. Siente una cercana conexión con la naturaleza, que se ve reflejada en la alegría con que inicia todos los días sus labores. Cuando de su plato salían los cautivadores olores de un anaranjado pollo con guiso y una sopa que terminaba de envolver el ambiente en un poema hecho comida; él contó cómo cuando tan solo era un niño, tuvo que entregarse de pleno a trabajar la tierra para vivir. Este oficio que lo rescató en su temprana de edad del desgarrador dolor de la muerte de sus papás es el mismo que hoy en día lo mantiene lleno de vitalidad y vigor en todo su esplendor.

Y así como él, se mantienen en pie de lucha muchos más, que con amor, pasión y entrega se disponen a levantar a un país que hacia el exterior se vanagloria de sus campos, su naturaleza y sus recursos naturales, pero que de ojos para adentro deja en evidencia como pisotea a los que deberían ser considerados héroes.

Gilberto termina de almorzar, se siente satisfecho y agradece a su mujer por tan deliciosa comida. Y como en una rutina imparable, incesante e inmutable, toma su bicicleta para seguir trabajando en la finca. Va saliendo con celeridad por la puerta cuando su esposa repentinamente lo detiene le da un beso y dulcemente le dice:

—Mijo, vea, no se le olvide el tapabocas, vea el que le hice. Cuídese mucho.

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