El descubrimiento de un nuevo efecto contagioso en tiempos de pandemia: la generosidad​

Por Valeria Gaviria

"Me contagié, no del covid-19, que había estado evitando todo este tiempo, sino de la dadivosidad que mis altruistas vecinos derrochan casi a diario".

La rutina tiene su lugar una vez más. Al despertar, mi mano se pasa por el borde de la mesa de noche, mis dedos se sumergen en la búsqueda de mi teléfono celular. Un sonido resalta al callar aquella alarma que me advierte de que el sol ha salido… ¿son carcajadas? Mis ojos se abren de golpe, creo que la alucinación es un efecto psicológico de la cuarentena. Sin embargo, al acercarme a la ventana, confirmo la situación. El sonido de aquellas risas celestiales e inocentes intervienen abruptamente en el silencio que inunda las calles. Cuatro pequeños seres juegan con unas ramas caídas, fingiendo que son grandes espadas y que se trata de una lucha medieval.

¿Qué clase de padre permite que sus hijos salgan a la calle durante una pandemia mundial y su respectivo aislamiento? El más grande, tendrá unos 8 años, y junto a él se observa su hermano, que por temas físicos, da la impresión de que se trata de gemelos. Ambos están en pantaloneta, sus delgados torsos se encuentran al descubierto y sus pies están protegidos por unas chanclas negras que evidencian su alto uso; a uno de ellos, incluso, le quedan tan grandes que su pie navega en el aire cada vez que da un paso. De repente, una pequeña cabeza se hace notar. Aquellos rubios y lisos cabellos resaltan con el reflejo del sol mañanero, sobresaliendo pese a su corta estatura, pues los otros dos infantes son de aproximadamente dos y cuatro años respectivamente.

Poco he contemplado al exterior, debido a lo ensimismada que me he encontrado por las clases en línea, la situación estudiantil actual. Ver cómo cuatro niños se exponen al covid-19 no me entretiene, por lo que decido dejarlo de lado y seguir con mi rutina diaria: Desayuno, clase, baño, almuerzo, trabajos y procrastinación en su máxima expresión.

El tiempo pasa, y el eco de la campanilla de aquel carrito de helados que transita diariamente frente a mi casa deja en claro que son las 12:20 pm. Al fijar mi mirada en la ventana y ver a dicho vendedor, el recuerdo de la noticia que leí unos días atrás viene a mi cabeza. Según el Dane, Cúcuta es la ciudad con porcentaje más alto en informalidad laboral en el país, debido a que en el informe presentado del trimestre diciembre-febrero muestra un porcentaje del 71,4%. Y ahí va, uno de los 239,304 vendedores informales de la perla del norte.

Al acercarme a la ventana, percibo que los cuatro mosqueteros de ésta mañana están sentados en la banca que hace parte del frente de mi casa y mi vecina Sandra Moreno. El corazón se me acelera y una sonrisa acompaña el sentimiento que se crea en mi interior. Mi vecina, en tiempos donde todos escaseamos, porciona un poco de su comida para compartirla con unos niños que no tienen nada que ver con su núcleo familiar.

Los niños almorzando en la banca. Foto tomada por Valeria Gaviria.

“Hay 12,8 millones de personas en la pobreza, el 27 por ciento de la población, con ingresos de máximo 250.000 pesos por persona”, informa Portafolio, para junio del 2019. ¿Cómo se dividen 250.000 pesos en comida para cuatro hijos y saber cuántas personas más que hacen parte de ese hogar? El 31% de los colombianos hacen parte de la clase media, que posee ingresos entre 590.000 y 2,95 millones de pesos. Imagina sacar de tu alacena, donde tienes hoy pero no sabes si tendrás mañana, y compartir con unos niños que no conoces de nada. El coronavirus ha traído escasez para todos y no es un secreto que incluso los que tenían, están en el aprieto que envuelve la necesidad y el futuro incierto que nos trae la cuarentena.

Días después, aproximadamente a las 9 am, el silencio vuelve a ser interrumpido por la voz fuerte de un hombre. Sus gritos se convierten en un canto repetitivo que proclama “Escobas, traperos, recogedooores”. Súbitamente, se calla para darle paso a la palabra tranquila y suave de mi vecino, el de la casa del otro lado. “¿A cómo tiene la escoba?”, dice Oscar Aguirre, desde la puerta de su casa. El vendedor se acerca a la reja del porche que hace una división de tres metros entre éstos dos, aproximadamente. “100 mil pesitos”, dice el vendedor con gracia, pero mi vecino no lo entiende y lo cuestiona con evidente asombro. “10.000, señor, sé que estamos en necesidad todos pero yo no le voy a sacar un ojo de la cara a usted también”. Y sí, el hombre tiene razón. Para el principio de la cuarentena, los índices del desempleo fueron un abrebocas al terror que nos traería ésta situación, pues la cifra aumentó a 12,6% en marzo. Lo preocupante de esto no es sólo que haya incrementado, sino que éste porcentaje no incluye a todo aquel que no tiene trabajo, pues 1.6 millones de personas pasaron a ser “inactivas” para el Dane. Sí, ahora nos dividimos entre desempleados e inactivos.

Un bramido se escucha afuera y me percato que uno de los niños se resbaló con la baldosa que está en la entrada de mi hogar. He estado, con todo esto, zambullida en un mundo virtual y externo de la realidad, por lo que sonidos que interrumpen el silencio que acapara el exterior son los que me recuerdan que existe algo más ahí afuera. Su rostro se cubre rápidamente de lágrimas que salen a tope, y en su pequeña rodilla se vislumbra la sangre. Curiosamente, mi vecina Sandra, sale con prontitud en su auxilio. Éstos niños, como he confirmado en mis salidas a mercar, son de 5 casas más arriba que nosotros, pero para mi vecina ya son casi parte de su familia. ¿Dónde estará su mamá? Ésta duda la resolví una noche que salí para acariciar a una gata que está al cuidado de mi rommie y yo. Ella hablaba con mi vecina, y le comentaba lo duro que era trabajar durante éstas circunstancias.

“La casa del terror”, así se conoce en la cuadra a aquella vivienda que sobresale del resto por su desproporcionada arquitectura, donde sus dueños tienen varios inquilinos, y siempre salen y entran personas diferentes. La madre de los cuatro pequeños contaba lo duro que era que sus vecinos ayudaran a quien vive en “la casa del terror”, mientras dejaba claro lo agradecida que estaba con la señora Moreno por ayudarla con los niños y estar pendiente de éstos.

Nuevamente, la campanilla de los helados alerta la hora, y aunque ese sonido se convirtió en una rutina, Oscar la interrumpe para comprar un delicioso Chococono. A mí me llama la atención que él, pese a que en ocasiones pasadas ha accedido a precios más económicos, con un “hágale, tranquilo, que ese es el precio que me da usted y yo puedo pagarlo” le compra a éste hombre, que sin falta alguna y con mucha perseverancia, sale en búsqueda de un sustento monetario para su familia.

El heladero vendiendo el chococono. Foto tomada por Valeria Gaviria.

Admiración, es lo único que puedo sentir por mis vecinos, quienes son mi contacto social exclusivo en estos tiempos. Yo quisiera ayudar a alguien más, pero la oportunidad no se me había presentado. Sin embargo, un día, cuando me dedicaba a limpiar con esfuerzo y pasión el piso de mi casa, por la ventana vi pasar un reciclador. El hombre, de unos 45 años, cargaba en su espalda un gran costal lleno de botellas de plástico, su rostro demostraba el cansancio pese a que eran las 10 de la mañana y su ropa estaba cubierta por un poco de polvo. Entonces, recordé la cantidad de botellas y plástico que había estado acumulando debajo del mesón de mi cocina con la esperanza de amontonarla al lado del contenedor de basura. Mi momento había llegado. Enseguida solté la escoba y me apresuré con cuidado de no caerme, abrí la puerta (pues mis ventanas no pueden hacerlo) y dije con fuerza: “¡Señor, yo tengo reciclaje para darle!”. De golpe, éste dio un giro de 180° en mi dirección y se acercó con velocidad. Debo admitir que me asustó un poco, pues llevaba el tapabocas mal puesto, pero supe manejar la situación.

Me contagié, no del covid-19, que había estado evitando todo este tiempo, sino de la dadivosidad que mis altruistas vecinos derrochan casi a diario. Ayudar a alguien produce una sensación increíble, pues esa paz y felicidad que se instaura en el alma se queda presente el resto del día, y éste efecto se vuelve adictivo.

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