El hijo de... mi abuelo

Por Mayrela García Guerra

“Por eso, empecé a promover la unión entre las víctimas que conocía, para luchar contra ese cáncer violento que acaba a las mujeres. Si nos unimos, los 'hijos de puto' van a ser menos”.

“¡Hijo de puta!’’, pensé. Pero… ¿qué culpa tenía mi abuela de que mi papá le pegara a mi madre?, después de todo, ella solo fue una mujer que como pudo sacó adelante a sus 11 hijos, mientras era maltratada por su esposo.

Yo era una pequeña de 9 años cuando tuve que presenciar, parada junto a la puerta de una fría habitación, la discusión entre mi padre y mi madre. La cama estaba en la mitad del cuarto, con una sábana blanca y una cobija morada destendida en la mitad. Recuerdo que tirarse sobre esa cama era sentir el calor de haber nacido en una familia unida; sin embargo, en ese momento, esa misma cama era un infierno ardiendo.

Los gritos resonaban en cada rincón de la casa, pero sobre todo en mi cabeza que no podía soportar tanta falta de amor. La cama era fuerte, de madera pulida en un su color natural, era elegante y firme, pero ese día sonó tanto, como si no pudiera resistir el cuerpo de mi madrecita al caer contra el colchón. Mi padre la arrojó con la fuerza que uno solo utilizaría en caso de querer matar a alguien. Y yo grité con la voz de alguien que clama piedad, con la fragilidad de una niña que no quiere que maten a su mamá.

Para ese entonces no tenía mucha idea de groserías, toda mi vida había transcurrido en ese pequeño pueblo de Venezuela, muy cerca de la frontera con Colombia, un lugar de clima templado, calles amplias y abundancia, al que se conoce como Rubio.

Allí había aprendido todo lo que sabía, sin embargo, las malas palabras no entraban en eso. A los 9 años uno no cree que va a tener que utilizarlas, uno no siente ese odio por el mundo. Al menos así me pasaba a mí. Pero desde el día que escuché los sollozos de mi madre al sentir la mano dura de mi progenitor, sentí una necesidad por decir mil veces lo peor que mi mente pudiera pensar.

Repetí una y otra vez ‘’hijo de puta’’, en silencio, en susurros, pero nunca tan duro como para que alguien me escuchara. Tenía miedo, pero no el suficiente para reprimir mi mente. Me costó muchos años reflexionar sobre los fundamentos de lo que decía, y solo me basaba en lo que veía en mi casa, que desde los nueve años dejó de ser un hogar.

Al cumplir los 15 años empecé a investigar el tema, sentía el deber de proponer una solución para la mujer que me había dado a luz. En su piel trigueña se observaba el paso de los años, y de los daños. Sus ojos ya estaban teñidos de un morado oscuro, consecuencia del llanto y el insomnio. Su cuerpo estaba agotado, era chiquita y gordita, como un ser humano abrazable. Yo, aunque estaba cansada, aún así me sentía fuerte; era una joven alta, de cabello largo y rizado, piernas grandes y bastante musculatura. Me sentía físicamente capaz de defenderla, pero emocionalmente incapaz de ganar la pelea. Por eso logré convencerla de denunciar al hombre que un día fue su amor y hoy solo su agresor, de denunciar a quien yo todavía sigo llamando papá.

Acudimos a la Fiscalía, mi mamá entró y yo me quedé sentada sobre las sillas frías de metal que había en la sala de espera, todo mi cuerpo temblaba, las manos me sudaban y mis ojos estaban alerta, atentos, porque nadie que nos conociera podía saber que estábamos ahí.

Después de 30 largos minutos salió mi madre, me dijo que nos fuéramos con un tono decidido. Sin embargo, en su rostro se podía notar la impotencia pues la ayuda no había sido mucha. La solución que habían ofrecido era una orden de alejamiento para mi papá, pero le repitieron una y otra vez que esto podía ser extremo, que se replanteara si de verdad era necesario.

Los “consejos” de las autoridades terminaron por asustar más a mi mamá, quien se convenció que, de volver a la casa, correríamos peligro. Caminamos hasta llegar a la parada de las busetas que nos llevaría de regreso, por más que intentaba no podía dejar de llorar, mis lágrimas caían y no me importaba que la gente me mirara como si nunca hubieran presenciado la tristeza en el rostro de alguien que acababa de perder las esperanzas. De momento sentí rabia con mi mamá, no entendía qué sucedía. Yo ya no quería confiar en ella, ya no podía comprenderla, pero sólo quedaba tomar aire y seguir. Para ese entonces no estaba consciente de la poca atención que en ocasiones reciben las mujeres que denuncian violencia intrafamiliar. No tenía en cuenta que nuestro caso no era el único, y que había cosas aún más cínicas.

El ser mujer era determinante en el miedo de mi madre. Venezuela se mantiene entre los 15 países con más feminicidios en el mundo, según la ONU. Hasta mayo del 2020, se habían registrado más de 48 feminicidios en el territorio venezolano. Pero nosotras vimos en Colombia una opción, que nunca se concretó.

No sé si para bien o para mal, pero en este país las cifras tampoco son alentadoras. Para el 2015, según el Instituto de Medicina y Ciencias Forenses, se registraron 26.985 casos de violencia intrafamiliar, y en la actualidad la situación no es tan prometedora, pues en el primer trimestre de lo que va de 2020 se registraron más de 15 mil casos.

Con el paso de los años el rencor fue disminuyendo, acepté que había cosas que no podía controlar, seguimos viviendo en ese hogar venezolano, a veces siendo una familia y otras veces solo fingiendo. Como por arte de magia, como obra divina, como el milagro de mi vida y el de mi madre, el maltrato empezó a disminuir. Tuve la suerte de ser la excepción a la regla, y ver un cambio, pues mi padre ya no golpeaba a mi mamá, ya no le gritaba y tiraba la comida cuando esta no sabía bien. Ya en sus ojos azules no había ese odio y sed de acabar con lo que decía amar. Ya sus manos grandes y ásperas no se empuñaban para atemorizarnos. Sus brazos, recubiertos de piel blanca, nos envolvían en apretones suaves, y el cuello de mi madre ya no estaba marcado por los morados que dejaban sus dedos al intentar ahorcarla.

Sin embargo, hubo algo que tardó mucho en cambiar, y fue el rechazo que de forma natural mi ser sentía por él. Porque a pesar de todo, en mi mente seguía resonando una y otra vez: ‘’hijo de puta’’, seguía pensando en la injusticia de sufrir la falta de amor del hombre que me engendró.

Un día, con más conciencia, reflexioné sobre lo que decía; mi historia había tomado un rumbo inesperado y todo era mejor ahora.  Pero, a mi alrededor muchas personas seguían sufriendo, padeciendo el diario vivir y perdiendo la fe en un futuro mejor. Entonces pensé cómo cambiarlo, no pasaron diez minutos antes que me frustrara y empezará llorar, de que apoyara mi cuerpo sobre la cama mirando al techo para preguntarle al cielo ¿por qué?, para reclamarle a Dios sobre el dolor del mundo.

Entonces, escudriñé en el pasado y un poco de luz llegó a mí, al entender que mi papá solo estaba siguiendo el modelo que había visto en su niñez. Que él un día también fue solo un pequeño niño viendo su hogar perecer. Pero ¿cómo es que eso me ayudaría a conseguir una solución?, ¿cómo es que podría ser una heroína solo con saber que mi papá también era maltratado?, era muy obvio, buscar la raíz del problema me permitiría pensar con más claridad cómo erradicarlo.

Para esa época yo ya tenía 18 años, y sentía la fuerza de quien puede cambiar el mundo, así que investigue más a fondo sobre la historia de mi papá. Mi tía, una mujer ya anciana, de unos 75 años, con cabello teñido de negro, delgada como una pluma y de piel arrugada, me contaba que su padre, quien era mi abuelo Luis Ramírez, había sido muy cruel siempre. Y mi abuela, la que llevaba el dolor en su nombre, pues desde que nació cargó con el peso de llamarse Angustias Ramón, como si el destino le anticipara una vida llena de maltrato, nunca pudo hacer nada para denunciarlo porque tenía miedo, miedo como miles de mujeres que sufren maltrato diariamente.

Según la OMS, una de cada tres mujeres padece situaciones de este tipo al menos vez en su vida. En ese grupo estaban mi madre y mi abuela, temerosas de su esposo, de no ser escuchadas, de ser juzgadas.

En ese momento, que tal palabra ofensiva ‘’¡hijos de puta!’’, con la que solía sacar el odio, era una ofensa a las mujeres, pues las estaba insultando como si la culpa no la tuvieran también quienes se aprovecharon y abusaron de ellas. Como si no quedara más acorde decir ¡hijo de puto!, para señalar un comportamiento machista y revolucionar el imaginario social de señalar a las víctimas.

Por eso, empecé a promover la unión entre las víctimas que conocía, para luchar contra ese cáncer violento que acaba a las mujeres. Si nos unimos, los “hijos de puto” van a ser menos.

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