El duelo, un virus letal para el alma

Por Lineth Sanguino Trillos

"La incertidumbre, mezclada con el ácido del dolor, había convertido el aire en algo que sentían peor que un virus, lo había convertido en duelo".

“Todo sale bien, yo ya le pedí al señor y a la virgencita, hijos”, decía Ramona Elvira picón de Ascanio, una hija del Catatumbo, viuda de Luis Eduardo Ascanio, madre de ocho, abuela de once y bisabuela de nueve. Hasta sus últimos días, Elvira fue cabeza de hogar.

La mañana era pesada y agobiante, igual a todas las que ofrecía una cuarentena obligatoria que pretendía resguardar a todos del covid-19 y en una habitación oscura se encontraba una estudiante de comunicación social acostada en la tranquilidad que le brindaba una clase de economía virtual, cuando el penetrante silencio que invadía su casa situada en el municipio de Ocaña, se rompió en dos con el grito adolorido de su madre, una señora de 55 años llamada Miriam Ascanio que acaba de perder a su mamá con la frase de “Elvira se nos fue”. Esa mañana dejó lágrimas, gritos, uno que otro corazón roto y una clase de economía a la mitad.

¿Qué vamos a hacer? Era la pregunta que todos se hacían en la casa que pasó de no decir ni una palabra, a ser un centro de comunicaciones, donde la incertidumbre mezclada con el ácido del dolor, había convertido el aire en algo que sentían peor que un virus, lo había convertido en duelo. ¿Qué hace una estudiante de comunicación en estos casos si no es hablarle hasta por los codos a alguien para tratar de consolar? ¿En cuál de sus clases le enseñan a saber qué hacer en estas situaciones? ¿Cómo consolar a una persona que pierde a alguien en medio de una pandemia y no tiene siquiera la certeza de poder presenciar el entierro de su ser querido? ¿Iba a ser esto igual que el caso de Angie Parada, la ocañera fallecida en plena pandemia de la que no se daba razones de sus restos luego de 21 días de fallecida? Tantas preguntas y solo una respuesta, esperar.

Pasada la hora del almuerzo y un poco más, entre tantas llamadas, llegó aquella que le dio un rayo de luz a la familia Ascanio, con la noticia de que señora Elvira Picón, como le gustaba que la llamaran, quien ya hacía días en su paso por el hospital había dado negativo a la prueba de covid-19, podría velarse en la funeraria Los Olivos, donde siguiendo el protocolo dado para todas las casas de luto en el país, solo entrarían 20 personas que fueran familiares, mayores de edad y llevaran todas las medidas de seguridad necesarias, durante un poco menos de un día.

¿Cómo se le dice a una familia entregada al catolicismo que el funeral de su mamá no podrá tener eucaristía? una familia devota donde todos los años sus integrantes en semana santa y fiestas de la virgen del Carmen, vuelven a su tierra natal, El Carmen Norte de Santander para reunirse y acompañar a los nazarenos que cumplen promesas en favores concedidos y pedidos hacia su familia, una familia a la que Elvira le enseñó la fe.

“Dé unas palabras de despedida usted que escribe mejor y publíquelas”, le dicen a la estudiante de comunicación social que sin saber qué hacer acata todas las ordenes momentos antes de ir al breve velorio, el mismo del que todos sabían luego de un clic. Las horas, como era de esperarse pasaban dolorosas y en vista de la necesidad de la unión que su madre les impartió desde pequeños, todos los hijos, nietos y bisnietos acordaron encontrarse en la casa que Ramona Elvira había levantado en Ocaña, donde mientras unos trataban de hacer todos los preparativos, papeleos y demás, otros intentaban que Mariela y Olga, hijas de la fallecida y profesoras rurales en El Carmen, consiguieran un permiso de la alcaldía que les permitiera salir y volver entrar al pueblo luego del entierro.

Los familiares llegaban poco a poco y era imposible no ver cómo miraban la mecedora vacía con los ojos empañados cada que entraban a la casa que emitía un olor a alcohol y desinfectante que mantuvo mareados a todos, hasta que, a las cinco de la tarde, el cielo junto a todos los rostros se opacaron y los carros tomaron rumbo al lugar donde descansaba la razón del dolor que abatía a toda una familia.

“¡Tantos hijos y te nos fuiste sola, Viru!”, fue lo primero que se escuchó la sala de la funeraria donde todas las sillas estaban separadas, los ventiladores habían sido desmontados y un ataúd rodeado de infinidad de arreglos florales, enviados por los tantos amigos que la señora había coleccionado en sus 87 años de vida, fue colocado en el centro.

No conglomerarse, desinfectar los guantes cada 15 minutos y no tocar nada eran las reglas, pero ¿cómo se le dice a una hija que no se tire sobre el ataúd de su madre? La madre que los crio con las uñas trabajando hasta el cansancio junto a su esposo. No importa si tienes diez o cincuenta años, la partida de una buena madre es una puñalada en el alma, una que se hace más dolorosa cuando un virus azota la humanidad y no puedes siquiera sentir el calor del abrazo de tus seres queridos. Así lo definió la estudiante de comunicación social en sus palabras a Miriam Ascanio tratando de consolarla luego de ver el cuerpo sin vida.

A las ocho de la noche el lugar fue desalojado siguiendo el protocolo estipulado y a las diez de la mañana del siguiente día todos se preparaban para darle a Elvira su último adiós, cuando todos los rosarios se desprendieron de los cuellos que los cargaban y las oraciones salían de los labios ocultos tras un tapabocas que solo permitía ver los ojos enlagunados de los abatidos.

El sacerdote Jesús Ramón, de la iglesia de El Carmen, en favor a una devota, llamó a la familia y la virtualidad se apoderó de 20 personas que ahora escuchaban la palabra de Dios, que fue reiterada por el sacerdote que instantes antes del entierro dio su bendición.

De la funeraria al cementerio eran cuatro cuadras, pero solo bastaron unos cuantos pasos para que hasta el más fuerte de los presentes se soltara en llanto de ver cómo se la llevaban. La trayectoria fue de diez minutos donde en Ocaña reinó el silencio, pero en El Carmen, un pueblo edificado sobre las tradiciones, las campanas de la iglesia lloraron hasta el más pequeño rincón la pérdida de su hija que ahora iba a ser enterrada lejos de su esposo.

Dos rejas detuvieron a todos los dolientes y solo uno, además de los que llevaban el ataúd, pudo pasar al cementerio para ver dónde iba a quedar la tumba, porque en una pandemia no importa si estás triste, si pierdes un familiar, en una pandemia el bien colectivo prima sobre todo y los protocolos están para eso, para cumplirse.

¿Cómo hace una estudiante de comunicación social una crónica sobre el dolor de una familia que carga con la herida abierta? ¿Cómo se describe el ardor del alma cuando pierden a alguien en medio de un virus que no discrimina? ¿Cómo se escribe sobre esto sin llorar sabiendo que al igual que esta hay 1.200 muertes por día en medio de la pandemia? Al fin y al cabo, yo era esa estudiante, Elvira era mi abuela y aún con el dolor en el pecho, las lágrimas y la nariz roja por el llanto, tuve que ver todos los hechos con los ojos de una cronista.

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