El campesino: una semilla para la cura

Por Luis Ernesto Chía Estupiñán.

“A mí no me asusta ese virus, me asusta más que mis hijos y mi mujer se acuesten sin comer; eso sí me asusta”.

Gilberto Chía López. Foto por Luis Ernesto Chía Estupiñán.

A eso de las 4:30 a.m. él se levanta, y como por un acto casi que de mandato divino, se hace la cruz. Pasa su mano sobre su arrugado semblante, luego la transporta desde su hombro izquierdo hasta el derecho y termina aquella acción de fe con un suave y sutil beso sobre su mano: ya se siente protegido para emprender sus labores del campo. Gilberto Chía López, hijo del destruido Gramalote y hombre de carácter fuerte, con sabiduría plasmada en cada una de sus salientes arrugas que contienen entrañables historias de sus 63 años de vida; se alista con sus herramientas y elementos para ir a trabajar: una figura de la virgen del Carmen sin cabeza que tiene desde el día en que casi pierde la vida en un accidente automovilístico, su desgastado bolso lleno de remiendos, su bicicleta la que considera su mejor compañía y, un nuevo objeto que ha llevado en los últimos días: un tapabocas que le recuerda que está inmerso en lo que jamás pensó vivir, una pandemia que acecha sin distinción y aterra a los ancianos.

Cuando el reloj marca las 5:30 a.m. se monta en su bicicleta roja, despide a su esposa con un serio pero amoroso «chao, Victoria» y emprende su camino hasta la finca Los Ángeles de la vereda La Palma, zona rural del tranquilo y apacible municipio de San Cayetano. Ahora su trayecto es sepultado en el silencio y soledad de un pueblito que guarda una indefinida cuarentena. Ocasionalmente encuentra uno que otro perro en la trocha, sitio que su mente no evita asociar con los recuerdos de cuando se detenía en su recorrido para charlar con sus adorados amigos de antaño. Entretanto, con su noble actitud y la osadía que lo mueve, se introduce entre los arbustos y llega al imponente portón de la finca: la tierra que espera su presencia para ser labrada.

Tras tomar de su termo unos cuantos sorbos de café que son suficientes para revitalizarlo se hacen las 6:00 a.m., los primeros rayos de sol que acarician los cachetes de Gilberto le pronostican que será otro día caluroso. Con sus botas de caucho bien puestas cual anillo en dedo, sus pantalones con retazos de tela que cubren los agujeros y el machete que enmarca el aura de un honrado trabajador de la tierra, se dispone a alimentar a los que considera los seres más leales y respetuosos: sus animales. Gallinas que con su cantar se muestran impacientes, cardúmenes de coloridos peces y un grupo de robustos cerdos que esperan a su cuidador para que calme las ansias de su hambre voraz. Ya desde esas primeras labores, Gilberto se siente fastidiado con su nuevo compañero: el tapabocas que le incomoda y mantiene guardadas su boca y fosas nasales como en una prisión.

Ya a las 6:30 a.m., ve a lo lejos a sus colegas, compañeros y amigos. Tres hombres que al igual que él, llevan puestos sus tapabocas. Pedro, un anciano de anécdotas increíbles; Jarold el fortachón y Daniel, el más joven; todos conforman ese equipo de nobles hombres que trabajan bajo el abrasador sol las 7 hectáreas de la finca los Ángeles, donde entre risas, chistes y parloteo recolectan gran variedad de productos. Limón, mango, coco, guanábana, papaya, plátano y yuca son solo algunos de los exponentes de aquellas tierras fértiles. Mismos productos que son transportados con celeridad a las centrales de abastos, todo con el fin único de ser consumidos por las familias citadinas en lindos y deliciosos platos a la hora del almuerzo mientras ven noticias sobre los últimos casos de contagio del amenazante virus.

Desde su hogar, entre las envolventes melodías de la música carranguera emitidas desde la frecuencia 88,7 de la emisora comunitaria y, los agradables aromas que se destilan de una olla en la cocina, se encuentra Victoria Estupiñán, su esposa, una mujer pujante e igual de apasionada, quien todas las mañanas se entrega a un vaivén de olores, sabores y música mientras cocina. Una actividad casi terapéutica para ella.

—Gilberto es alguien muy entregado a su trabajo, a los animalitos y a la tierra. Pero el coronavirus es una nueva de sus preocupaciones.

Es lo que dice Victoria, inmersa en la atmósfera de su cocina mientras quita con un afilado cuchillo la concha de un racimo de yucas, que alista para echarlas al agua hirviendo. Su vestimenta de pijama rosada, sus sandalias y su enternecedor semblante acaban enmarcando una escena que trasmite sentimientos de ternura y la calidez de un hogar.

Según doña Victoria, los primeros días de aislamiento fueron un calvario para su agitado marido. Recuerda el martes 24 marzo, día en que se inició el periodo de cuarentena en el país, pero más que rememorar aquel día por ser el inicio del aislamiento, lo hace por la caótica imagen de su esposo: un Gilberto impaciente y desaliñado que observaba a través de la ventana con una mirada que se apaciguó al sentirse encerrado en su casa. Se sentía en una prisión o en cautiverio, suena exagerado, pero no lo es para alguien cuyos días se pasan volando entre las plantaciones de limón, los animales y la imponente luz del sol. Su vida era el campo y en esos momentos lo único que quería hacer era abrir la puerta y montar su bicicleta para ir a la finca. Pero, por el contrario, pasó aquellos primeros días sentado en su cómoda mecedora, tomando café y viendo el cielo. Tuvo que acoplarse a un encierro que lo consumía desde el primer momento.

A las 10.00 a.m. Doña Victoria termina de limpiar su cocina y dice con gratitud: “pero menos mal la Alcaldía le dio permiso de trabajar, por lo de que ellos no paran, sino, no sé qué haríamos”.

Gilberto lleva su tapabocas manchado por la tierra y con gotas de sudor que pendían desde sus sienes se acerca a beber de su termo un poco de agua de panela con limón y hielo. Le da unos sorbos a su amigo Pedro y descansan durante unos contados 7 minutos, en los que hablaban de las tierras, sus familias y el virus que por las noches los atemorizaba. Mientras sus amigos se adentraban en la conversación, Gilberto con contundencia y con el ímpetu de un líder les dice: «miren muchachos, a mí no me asusta ese virus, me asusta más que mis hijos y mi mujer se acuesten sin comer; eso sí me asusta». Sus compañeros asienten y concuerdan con la frase dicha por ese Gilberto entregado a labrar la tierra con tal de llevar un poco comida a su hogar.

Cuando el extenuante sol de las 10:30 a.m. envuelve a los hombres, Gilberto decide ir en busca de unos mangos para llevar a su casa. Vio ansioso a las apetecibles frutas que colgaban de un imponente árbol. Y sin meditarlo, Gilberto lo trepa con la audacia de un mono y la agilidad de una ardilla. Sube con rapidez hasta la parte más alta dónde están los que para él son los más jugosos. Quita uno a uno y se los tira a Daniel, uno de sus compañeros que los recibe con un balde. Yo por otra parte, veía perplejo la escena ante la fuerza y el vigor de un hombre que como un Tarzán campesino se pasaba con tanta facilidad de una rama a la otra.

—Pregunte, mijo, que como sea yo le respondo.

Me dice mientras avanzaba en el árbol.

Al hacer eso, Gilberto empieza a hablar sobre una sombría y lluviosa noche del año 2000, el inicio de siglo que para muchos en la zona rural era previsto como «el fin del mundo» y que, para él, sí lo fue. Puesto que su casa había sido destruida por un deslizamiento de tierra. No tenía nada y como pudo empezó de nuevo. Gilberto afirma que hay algo en común entre lo que pasó esa noche y lo que sucede hoy.

—A nosotros nadie nos ayudó, el gobierno nada, ni la alcaldía. Y así mismito es hoy, por acá ni se asoman a ver si estamos bien, y así como yo hay muchos que están solos.

Y con furor en su voz, Gilberto se refiere a la escasa atención prestada por la alcaldía del municipio. Se siente desprotegido y olvidado ante la indiferencia del alcalde. Es como si los campesinos quedasen relegados a un segundo plano donde son solo unos peones de un sistema que exige, consume y se apodera de ellos.

Porque mientras en las ciudades muchos ven en la comodidad de sus hogares Netflix, leen un libro, teletrabajan y al tiempo comen un snack de frutas, olvidan que el campesinado que cultiva lo que comen se encuentra con miedo, atemorizado y olvidado en la ruralidad y que tal vez, subsiste de los ingresos de ese mismo snack. La gente ignora que mientras las industrias se paralizan, el precio del petróleo y el carbón cae estrepitosamente y las grandes multinacionales chocan de frente con una recesión impensada, los campesinos siguen trabajando y no están en cuarentena, siguen de pie produciendo por un bien colectivo: que en las ciudades no falte la comida.

Y es que, como Gilberto, en Colombia según el Dane hay cerca de doce millones campesinos. Doce millones que se mantienen firmes para seguir cultivando las tierras. Doce millones que se han visto obligados a devaluar sus productos. Doce millones que no tienen como transportarlos y se ven truncados por los intermediarios. Doce millones de personas que en medio de una pandemia no tiene como acceder a un hospital y han estado por décadas inmersos en la violencia y el olvido de un estado que no los protege y en lugar de eso, los mira con altivez.

Gilberto toma sus mangos y al ver que ya son las 11:50: a.m., hambriento sube a su bicicleta para ir hasta su casa a almorzar. En esa parte del día ya está más que incomodado por los elásticos del tapabocas que lo mantienen apresado. Gilberto lo compara con una sauna, debido al calor que siente mientras lo usa. Cuando llega a su casa, acoplado a un protocolo que nunca pensó, se quita sus zapatos y los deja en la entrada, lava fuertemente sus manos y se desprende de sus vestiduras. Saluda a su esposa y le pregunta por el almuerzo. Este es su momento favorito del día.

—Yo tenía una finca productora de café en el municipio del Zulia, antes de que llegáramos aquí, pero las cuentas no me daban y nos tocó venderla.

Decía Gilberto mientras con sus profundos ojos oscuros veía como su esposa vertía un chorro de agua de panela en su vaso. Para él, el campo es una pieza importante de su existir. Siente una cercana conexión con la naturaleza, que se ve reflejada en la alegría con que inicia todos los días sus labores. Cuando de su plato salían los cautivadores olores de un anaranjado pollo con guiso y una sopa que terminaba de envolver el ambiente en un poema hecho comida; él contó cómo cuando tan solo era un niño, tuvo que entregarse de pleno a trabajar la tierra para vivir. Este oficio que lo rescató en su temprana de edad del desgarrador dolor de la muerte de sus papás es el mismo que hoy en día lo mantiene lleno de vitalidad y vigor en todo su esplendor.

Y así como él, se mantienen en pie de lucha muchos más, que con amor, pasión y entrega se disponen a levantar a un país que hacia el exterior se vanagloria de sus campos, su naturaleza y sus recursos naturales, pero que de ojos para adentro deja en evidencia como pisotea a los que deberían ser considerados héroes.

Gilberto termina de almorzar, se siente satisfecho y agradece a su mujer por tan deliciosa comida. Y como en una rutina imparable, incesante e inmutable, toma su bicicleta para seguir trabajando en la finca. Va saliendo con celeridad por la puerta cuando su esposa repentinamente lo detiene le da un beso y dulcemente le dice:

—Mijo, vea, no se le olvide el tapabocas, vea el que le hice. Cuídese mucho.

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